Rosario, Sábado 22 Septiembre 2018
Lunes, 19 Marzo 2018

Al Papa y a Macri, lo que es de ellos

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Aborto y sociedad. Es impactante la influencia que se atribuye en Argentina el poder religioso. Pero sería un shock medieval legislar de acuerdo a ese criterio. Y estamos en una república laica.

El nivel de influencia del pensamiento religioso en la forma de organización social de la Argentina es casi medieval, me dijo esta semana la periodista catalana y ex vicealcaldesa de Barcelona Pilar Rahola. Confieso que me quedé pensando al respecto y las discusiones sobre el sueldo de los obispos, el aborto no penalizado y, ayer mismo, la carta del Papa Francisco me llevaron a coincidir en mucho con la colega.

Impacta en nuestro país la influencia que se atribuye y se auto concede el poder religioso en la vida cotidiana. Los avances en materia de derechos humanos, la pelea por la igualdad, el respeto por las minorías, se dan de patadas con el anacronismo de sostener como si fuera viable que no somos una república laica. Porque entendámoslo: la Argentina, gracias a Dios, es una república laica. Una organización política en donde religión y Estado corren por separado.

Un Estado confesional supondría paragonarse con una teocracia islámica. Quedan afuera algunos otros ejemplos como el Reino Unido o Dinamarca en donde la religión de Estado tiene más que ver con el hecho de tener a sus monarcas como jefes de sus iglesias que con la aplicación de la ley religiosa a la vida civil. Nadie se imagina en Londres o en Copenhague discutir una ley en el parlamento con un texto bíblico de fondo.

Es cierto también que debatir de manera pública y masiva en estas pampas está siendo complicado. La grieta de los últimos años se ha instalado como norte entre la inmensa mayoría los que pretenden exponer ideas, no dogmas, y cualquier concepto se contrapone con el radical opuesto para separar entre amigos y enemigos. Y así, no discutir nada. Esta no es la excepción. Afirmar que somos una república laica recibe al instante el desprecio de ateo, ignorante de que la mayoría siente que es su creencia en Dios.

Me resisto a este tipo de no debate en general y, especialmente, sobre estos tópicos. No soy asesino por creer en la necesidad de despenalizar el aborto, no soy ateo militante (apenas agnóstico con deseo de saber) que propone quemar iglesias o templos (los que solían quemar personas eran los que lo hacían antes y ahora invocando a Dios) ni le falto el respeto a Su Santidad y a todos los bautizados, incluida mi familia, si analizo con mirada crítica lo que dice y hace. Si esos son los términos, no juego. No soy asesino, ni capucha blanca contra los religiosos ni hereje merecedor de la olla pirula. Si alguien quiere compartir argumentos de la razón, sometidos al error y a la corrección, aquí estamos.

La Iglesia católica argentina se siente acosada e irrespetada porque en la Argentina se debate la despenalización del aborto, el sueldo de sus obispos y el tenor de la carta del Papa. Por lo primero, resulta totalmente razonable que su jerarquía y sus feligreses se opongan a todo tipo de aborto. A todo, hay que resaltar. Eso piensan los que expresan la tradición católica de estos días. Se remarca que esto sucede hoy porque, ya se ha explicado en estas crónicas, no siempre fue así en 2000 años de historia. Es más: el concepto de vida desde la fecundación es bien propio de los siglos XIX y XX. Antes, aunque criticado, el aborto era justificado en algunos casos o simplemente comprendido. Sin embargo, a la hora del debate de una república laica, esta tradición tiene escasa importancia. Un Estado debe procurar que quien piensa de una manera, si se no perjudica a un tercera con su obrar, debe tener garantizada la protección de ley. Punto.

La Iglesia debería estar segura de la fuerza de sus convicciones, de su enseñanza y de sus pastores difusores del listado del bien y del mal esperando que semejante tradición haya permeado entre sus fieles. A veces, uno se pregunta si tan fervorosa oposición a siquiera dar el debate no es una muestra de temor a que los propios católicos no hagan lo que sus pastores les dicen hacer. ¿Miedo a tener ascendente moral? Quizá. Porque decir que la cruzada anti debate de la despenalización es por la defensa de la gestación de una vida no resiste análisis por el silencio de esas mismas voces ante las muertes concretas y en millares de las mujeres sin derecho a la atención legal y sana que decidieron no ser madres. La despenalización es un tema de salud. No de religión.

Yo no tengo vocación evangelizadora. No quiero que nadie piense de una u otra forma. Tampoco quiero que el pensar religioso se imponga como una ley para todos, los que creen y los que no. Se trata de eso. Se arguye que la ley debe respetar las mayorías y en este país son más lo que siguen a Pedro y sus sucesores. Ahí, otro concepto medieval por no decir antediluviano. Las normas de una república son la expresión de las mayorías representadas en los parlamentos pero con irrestricto respeto a las minorías. Lo contrario, es vecino del autoritarismo.

Es notable escuchar el enojo de algunos obispos por haberse difundido que 130 millones de pesos al año, provenientes de pagar impuestos entre todos, van a parar a 45 mil pesos por mes de estipendio para cada uno de los monseñores. La república, otra vez, se basa en un pilar conocido como la transparencia y difusión de los actos de gobierno. Disponer que lo que proviene del IVA de los productos del supermercado o los ingresos brutos del kiosco de la esquina se conozca en su destino, escuelas, hospitales y sueldos de los obispos no es una agresión a un culto. Es saber de qué se trata.

Que el Estado sostenga a la religión católica fue un deseo de los constituyentes de 1853. No está mal saberlo con datos precisos y pensar si se debe continuar de esta forma. O, quizá, equiparar a los pastores evangélicos, rabinos judíos e imanes musulmanes con ese privilegio. De paso: enojarse con 45 mil pesos en el bolsillo, es raro al menos.

Por fin, ya se escuchan las repercusiones acaloradas de la carta que ayer hizo llegar el Papa a los argentinos. Allí, dos planos: el del líder mundial y religioso y el que mira a su pueblo, a su patria, a la política que aquí se desarrolla. Por lo primero, no recuerdo a un dirigente del impacto mundial como Francisco pedir disculpas. "A los que puedan sentirse ofendidos por alguno de mis gestos, les pido perdón". ¿Cuántos hombres públicos en nuestro país vienen pidiendo perdón en estos términos? ¿Que no alcanza y que su gestualidad es mucho más directa que su pedido de disculpas? Puede ser. El problema, en todo caso, sería atender a quien en una república laica debería ser un referente moral y no un funcionario del César. El Papa que detuvo más matanza en Siria, que se para en la convulsionada Sri Lanka o pide por los coptos de Egipto, es el mismo que queda atrapado en las mezquindades del poder del conurbano bonaerense.

Como líder de los fieles de un país que es el que va más a la Iglesia, no llama la atención que ponga en su carta que hay que defender la vida. Nadie supondrá que el Papa va a mirar para el lado de la despenalización del aborto.

Si sería un shock medieval legislar de acuerdo a ese criterio que restringiría la norma a un dogma religioso. Sí, un retraso, que los que tengan que levantar la mano hagan primar un acto privado, honorable pero individual, sobre millones que piensan y sienten distinto sin perjudicar a un tercero.

Luis Novaresio

Periodista en C5N, Radio 10 y Radio Dos. Columnista del diario El Ciudadano de Rosario.

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