Imprimir esta página
Martes, 07 Noviembre 2017

El peronismo tiene su 2001

Escrito por 

Claves. El principal partido de oposición fue vencido en las elecciones, sus últimos funcionarios van presos y los gobernadores "dialoguistas" perdieron por paliza. El gobierno ya no necesita al PJ.

Fané y descangayado. Como en el tango, así quedó el peronismo.

Nadie en su sano juicio hubiera pensado —y acertado al pensar— que Mauricio Macri pondría contra las cuerdas al eterno movimiento nacional organizado, hasta convertirlo, casi, en la sumatoria de algunos partidos provinciales.

"La carga de la caballería es contra un ejército en retirada, con generales derrotados, divididos y sin capacidad para reagruparse. Como en toda batalla perdida, hay batallones que se rinden, se pasan a las filas del vencedor y otros son pasados a degüello", escribió con lucidez y en forma de catarsis el histórico dirigente peronista santafesino Oscar Lamberto.

Y continuó el jefe de la Auditoría General de la Nación: "La pregunta del millón es si existe en la actualidad una dirigencia en condiciones de organizar la retirada y agrupar el ejército". No hay una respuesta positiva para el interrogante que plantea Lamberto: el peronismo no tiene hoy con quién generar el recambio generacional. No tiene a casi nadie en su estructura que no haya aplaudido a rabiar a Cristina, cuando la señora clavaba sus tacos aguja en el centro del poder. Todos los días, por cadena nacional.

El aluvión

El aluvión de cambio se llevó puesto al peronismo, no sólo al kirchnerismo. Hasta los gobernadores más chupamedias de Macri (Juan Schiaretti, Juan Urtubey, y siguen las firmes) fueron derrotados en sus comarcas. Y ni hablar de los que querían transitar la ancha avenida del medio (Sergio Massa, Miguel Lifschitz, etcétera). Como suele repetir un ex gobernador santafesino: "Cuando viene la ola, agachate o te lleva puesto".

Pero esta columna refiere sobre el peronismo, ámbito en el que empieza a tallar fuerte una sentencia del politólogo Juan Carlos Torre. Al peronismo le impacta de lleno, ahora, el efecto retardado del 2001. Aquel bing bang de la política argentina, que vació de votos al radicalismo, al Frepaso y a los partidos satélites, sólo dejó en pie al PJ. Aquella liga de gobernadores resultaba más poderosa que el colectivo que gobernaba la Nación.

Esa configuración hoy no existe más. El peronismo hizo uso y abuso de poder desde el 2003 hasta el 2015. El kirchnerismo fue acuñando a su propio verdugo; lo alimentó, lo subió al ring. Y el verdugo lo noqueó. Nada puede explicarse de este cambio político, que se verá si es cambio de época real, sin el triunfo de María Eugenia Vidal, en 2015.

El triunfo final de Cambiemos se explica también por la caída en picada del peronismo bonaerense, otrora sujeto político imbatible. Massa en 2013, Vidal en 2015 y Esteban Bullrich en 2017 pudieron en la madre de todas las batallas. El 22 de octubre pasado, el peor candidato imaginable (hasta Mirtha Legrand le dijo a Bullrich que no se le entendía la sintaxis) terminó con el invicto de la dirigente de la oposición que más votos tiene. Ahí, el autor de esta columna se replantea si es o no cambio de época.

El problema del peronismo es su debacle en el principal distrito del país. El resto de las provincias, incluso las gobernadas por el PJ, no mueven el amperímetro. Sus gobernadores carecen de peso específico propio afuera de sus comarcas. Schiaretti, Urtubey, Sergio Uñac, Gustavo Bordet "son actores secundarios en la resolución del conflicto", agrega Torre.

Para colmo de males, la seguidilla de detenciones de personajes centrales del kirchnerismo empieza a agrietarlos. "Estoy buscando que los dirigentes de mi partido dejen de hacerse los pelotudos y pongan la cara", bramó ayer Aníbal Fernández. "Me dicen que fue Máximo Kirchner el que dijo que no había que bajar al recinto a defender a De Vido. Si fuera así, no tiene una sola gota de sangre de la del padre", agregó el derrotado candidato a gobernador bonaerense. Calma, kirchneristas.

El horizonte del peronismo es oscuro. Miguel Pichetto, jefe de la bancada de senadores, le dijo a Cristina por los medios que se busque otro bloque. Pichetto, un saltarín serial sin votos propios que, a diferencia del salmón, nunca va en contra de la corriente.

Atento a que el 70 por ciento de las chances del peronismo se juega en provincia de Buenos Aires, ¿qué destino le cabe a Pichetto y compañía si hacen rancho aparte con la única opositora que tiene votos en ese enclave? No se entiende. O sí: Pichetto, y algunos gobernadores de provincias chicas, prefieren perder a juntarse con Cristina. Rarísimo en un movimiento que se decía pragmático y cuya hoy deshilachada marchita reza "todos unidos triunfaremos".

La caída del peronismo, del socialismo santafesino, del massismo y la inexistencia del radicalismo como partido autonómico (es hoy un apéndice del PRO) desbalancea la democracia argentina. Salvo en el Congreso, donde hay primeras minorías que nada tienen que ver con este instante político, todo está a pedir de Macri.

Algún lector podría preguntarse: ¿por qué el peronismo se muestra tan débil, si la unión de sus partes lo llevaría de nuevo a ponerse competitivo? La respuesta es empírica y clara. El peronismo une sus partes y aplaude a sus jefes y jefas sólo cuando está en el poder. El peronismo no es de izquierda ni de derecha sino todo lo contrario. El peronismo es el poder. Y una mayoría lo arrojó afuera de esas aguas. Y nadie sabe cuándo volverá.

Bien vale volver al texto de Lamberto: "Desde el golpe de 1955 no hubo un intento tan planificado por expulsar al peronismo. Durante los últimos 60 años se consideró que con el peronismo había que pactar, asociarse, dividirlo o incorporarlo, pero se partía de la base de que el país sin el peronismo era inviable".

Hoy, la base social que respalda a Macri, y el propio presidente, se han dado cuenta de que sin el peronismo es viable. ¿Cambiamos? Habrá que esperar los resultados.

Mauricio Maronna

Jefe de la seccion Política del diario La Capital