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Lunes, 17 Julio 2017

Elogio de la tibieza

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En la Argentina de hoy, criticar a Macri y a Cristina a la vez es algo que no se entiende ni acepta. Ahí está el ejemplo de Tomás Abraham para probarlo. "Me quedé solo", dice el filósofo.

Siento que me he quedado solo. Criticar a la vez a Cristina y a Mauricio te deja solo". El que habla con este cronista es el filósofo Tomás Abraham. No hace falta recordar demasiado el currículo de este pensador, docente de la Universidad de Buenos Aires y visitante de muchas casas de altos estudios del mundo, discípulo de Michel Foucault, con quien estudió en París en los años '60 y donde vivió cerca de Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir el mayo de la imaginación al poder. Autor, también, de decenas de libros de ensayos filosóficos y sociológicos a más de ficción.

Abraham sostiene que el gobierno de Mauricio Macri ha agravado la pobreza. De hecho, lo critica diciendo que el PRO desconoce qué cosa es la pobreza por su procedencia de familias que jamás supieron de una carencia. Sin embargo, a quien haya leído y seguido a este intelectual no debería sorprenderlo que fue y es tanto o más crítico de los 12 años de gobiernos K, a los que define como una estafa y chantaje ideológicos, acusándolos de haber clausurado la posibilidad de circulación de la palabra y del pensamiento. "El kirchnerismo se apropió de banderas que no le eran propias y le negó el derecho a los demás de opinar. «Yo soy lo que está bien», auto decretaron, y el que no comparte es el que está mal", dice Abraham.

En la Argentina de hoy tener la posición de Tomás es casi inadmisible. En público al menos, a más de ser la construcción del escenario para recibir insultos de ambos sectores. "Me quedé solo. Y bueno: tendré que dialogar más conmigo", dice el filósofo. No tengo ningún dato estadístico para afirmar lo que diré, pero estoy convencido de que la enorme mayoría de nuestros conciudadanos está parado en una posición similar a la de Abraham, aunque se niegue a reconocerlo públicamente. Es más: por debajo de la ruidosa grieta hay una enorme y silenciosa masa crítica que sabe que resumir en blanco y negro, en frío y caliente, es un disparate solo propio de los fanáticos. Hay muchos que creen en la tibieza como la temperatura ideal para pensar pero no resulta políticamente correcto decirlo. Siento ganas de hacer el elogio de esa tibieza.

La actual campaña electoral inaugurada hace 48 horas volverá a reeditar este disparate de justos y pecadores sin máculas unos, sin redención los otros. El gobierno nacional, se contó la semana pasada en esta columna, intentará no subir al ring de la pelea política a la ex presidenta de la Nación porque está convencido de que no podrá "limarle" ni un solo voto a la doctora Fernández. Pero apelará al miedo retroactivo con valor de futuro "por si vuelven". Sin embargo, Cristina, Sergio Massa y el propio Florencio Randazzo dejaron claro este viernes que ellos sí van por la polarización aquí y ahora. Con actos propios de Jaime Durán Barba, algunos desde cuadriláteros que bien admiten que se use la terminología boxística, le hablaron en primera persona al presidente Macri. Los 3 coincidieron: uno le pidió que timbreara sin cámaras y los otros dos que cambie su política económica. Ese escenario no es otra cosa que el "conmigo o en mi contra", "amigos o enemigos". Abraham y muchos no caben en este diálogo.

Resulta que ser tibio en política está mal. Es un acto de cobardía y de falta de compromiso. Los que así lo sostienen, mal citan el pasaje bíblico del Apocalipsis queriendo explicar que Dios vomita a los que no son incondicionales sin escuchar argumentos. Varias cosas. El Apocalipsis en particular, y la Biblia en general, no admiten aplicación literal de sus pasajes, según explican los biblistas más conocidos del planeta. De hecho, para los católicos son muy pocos los versículos que tienen magisterio oficial. Dos: el concepto es religioso. Trasladar el dogma a la política es no sólo un error de género sino el germen del dogmatismo fanático. Y tres, ninguna relación humana sana es incondicional. Nuestros seres queridos, nuestros alumnos, nuestros vecinos, todos tienen condiciones para una relación. Ni siquiera la de padre a hijo es incondicional. Ningún padre en sus cabales le permitiría a su hijo, bajo el respeto total o la incondicionalidad, que deliberadamente y ante sus ojos se haga daño o ser pervierta. "Lo respeto incondicionalmente a mi hijo. Él se quiere cortar un brazo y yo lo respeto", sería la formulación. Disparate. Siempre hay condiciones.

La tibieza es el estado natural del pensamiento y de la actividad especulativa intelectual. Nadie piensa en estado de shock o de desasosiego irredimible. O, al menos, nadie puede pretender que solamente se piense en esos estados. Habrá excepciones. Pero son eso: excepciones. La chance de la mesura de la tibieza admite el intercambio de ideas (eso es pensar: dudar, escuchar lo distinto sin ánimo de juzgar sino de interpretar), de la reflexión, de los grises. Porque, acá segunda reivindicación, el pensamiento es gris, posible de mutar más al blanco o más al negro.

¿De dónde surge que criticar con argumentos a Macri es favorecer el retorno (imposible, desde la fantasía de ser presidente de nuevo) de Cristina al escenario principal de la política? ¿Cuál es el experimento de vaso comunicante social que probaría en un laboratorio insólito que si se reconoce un acto correcto de quien gobernó entre 2003 y 2015 se es un sheik infalible de un califato de ideas políticas que no soporta discusiones?

Hay ciento de miles de conciudadanos que no creyeron en la revolución nacional y popular propalada manu militari por cadenas nacionales fascistas que se daban de patadas con la inflación creciente y negada, el desempleo obvio y el aislamiento internacional. Pero esa cantidad de habitantes también se siente con el derecho de reclamar por la recesión económica actual y el evidente deterioro de la capacidad del bolsillo asalariado.

Por eso, en estos días, la reivindicación de la tibieza y los grises. Claro que hay territorios en donde eso no es posible. Son pequeños, excepcionales, pero contundentes. Nadie puede admitir la menor vacilación sobre la defensa del sistema democrático, de la vigencia de los derechos humanos y alguna que otra cosa más. Pero para el resto, para pensar en serio qué se quiere elegir en unos comicios intermedios con el ánimo de mejorar controles, afianzar políticas o, simplemente, optar por terceros o cuartos protagonistas. Es en esa tibieza y en ese gris del pensamiento en donde se podrá encontrar un marco de discusión de ideas y no de lanzamiento de espectros del pasado u oasis de futuros que no se pueden aprehender todavía.

Luis Novaresio

Periodista en C5N, Radio 10 y Radio Dos. Columnista del diario El Ciudadano de Rosario.