Rosario, Domingo 19 Noviembre 2017
Martes, 23 Mayo 2017

Sentimientos en blanco y negro

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La grieta. La dialéctica amigo-enemigo del kirchnerismo sacudió de manera clara las relaciones humanas entre los argentinos y "talibanizó" el pensamiento político, pero no se sepultó con el cambio de gobierno.

Uno de los candidatos de la oposición que en octubre se convertirá seguro en legislador nacional mandó encuestar, aparte de su caudal de votos, cuáles son los sentimientos que aglutinan al electorado. Su sorpresa, compartida con un par de periodistas a los que les pidió reserva de los resultados, es que lo que parece motivar al 70 por ciento de los votantes es el odio y el miedo. No hay metáfora. Las dos palabras son las que resumen el principal motivo de elección. Sea desprecio o temor a la gestión pasada o que pudiera venir de Cristina Kirchner, sea el rechazo visceral al actual gobierno de Mauricio Macri y miedo a que sea más gravoso para las mayorías.

Es también muy impactante que en esa encuesta hecha en cinco centros urbanos decisivos en la población nacional se intentó ahondar de manera cualitativa en los porqué del eventual sufragio en cinco meses. Qué es lo que esencialmente lo lleva a votar de tal forma, fue la pregunta. En la mayoría de los casos surge que el voto (sea al peronismo o a Cambiemos) se hace por descarte: para no volver a los 12 años K o para evitar que crezca el modelo Macri.

Hasta hace un año y medio podía decirse que, si esta encuesta tiene rigor (ya se sabe lo que se piensa de los sondeos electorales), el triunfo cultural del kirchnerismo había sido la división radicalizada como modo de construir poder, primero, y sostenerlo in eternum, luego. Es un consuelo tonto citar las eternas divisiones argentinas, unitarios y federales, azules y colorados, peronistas y gorilas, para atenuar la denominada grieta actual. La construcción de la dialéctica amigo-enemigo de la docena de años kirchneristas sacudió de manera notable todas las relaciones humanas de convivencia y "talibanizó" el pensamiento político. Va a llevar mucho tiempo desprenderse de esa tara intelectual.

No hubo manera de argumentar sobre el qué de un tema y todo quedó reducido al quién del mismo. La intolerancia fue instalada como virtud bajo el pretendido escudo de la intransigencia de valores sustanciales. Eso es una falacia. Nadie que no apreciara su sentido común podía confundir el latrocinio bajo el pretexto de la revolución nacional y popular. Que en el medio hubo cambios positivos y decisiones acertadas, claro que sí. Pero pensar en bloque a ese período y a sus protagonistas es sólo hacer pasar desapercibido a un elefante llenando la calle de paquidermos

Sin embargo, el fenómeno del choque de intolerancias no se sepultó por el cambio de gobierno. Todo lo contrario. Desde las usinas del "pensamiento" de la alianza que asumió a fines de 2015 se entendió que sostener esta grieta tenía su costado útil. El elenco gobernante sigue respondiendo a los problemas de hoy con la herencia de ayer. Ejemplifiquemos: la quita de retenciones a las mineras tiene una traducción de la caída de la producción de ese sector y cero inversión nueva. Respuesta: esto es producto de lo vivido en la década pasada. Los funcionarios designados para conversar con los medios de prensa hacen flamear la situación de Venezuela como hipótesis contrafáctica para justificar temas prosaicos como aumentos de servicios o caída del consumo. Uno de estos voceros oficiales le reconoció a este cronista que en las comunicaciones internas de su partido en las que se hacen llegar los posibles tópicos críticos de cada semana, aparece esta ingeniería de argumentación. "Para traducirlo de manera directa y simplista —confió este dirigente PRO— Cristina y Macri son tributarios de los beneficios de la grieta". Y de los perjuicios, también, se le dijo. "Efectos no deseados", dijo sonriendo el interlocutor.

Uno de los ejemplos de este modo de construir en blanco y negro es la relación de los dirigentes con el Papa Francisco y el análisis que se hace de sus declaraciones. No hace falta recordar que en la década pasada el cardenal Jorge Bergoglio era el confesor o guía espiritual de varios de los hoy gobernantes (Gabriela Michetti y Esteban Bullrich, entre otros) y la encarnación del mal para quienes ocupaban Balcarce 50 (Néstor y Cristina ausentes en la catedral, José Pablo Feinmann y Horacio Verbitsky demonizándolo desde la intelectualidad K). No había términos medios. El obispo de Buenos Aires era amado desde su ciudad y detestado desde el gobierno nacional. Esta semana Hebe de Bonafini, la misma que usó la catedral como letrina en una de sus manifestaciones, hizo pública una carta de puño y letra del Papa en la que la abraza espiritualmente y le confirma que no piensa viajar a su patria, por ahora. Las fuentes diplomáticas vaticanas consideran que dar a conocer esta nota es una grave traición a la comunicación privada del Pontífice. El Papa, dicen ellos mismos, escribe cientos de cartas a personas de todo el mundo. Sin embargo, también se concede de manera tácita, es llamativo que Francisco haya escrito a Bonafini sabiendo que ella sería capaz de dar a conocer la misiva. ¿Sabía y no le disgustaba a Su Santidad que se conociera esa carta a semejante destinataria? Algunos aseguran que el jesuita ve siempre dos pasos delante de todos. Desde el gobierno, en voz alta le restan importancia al episodio pero sottovoce repasan cuántos de los propios han recibido una carta así. Ninguno.

Este episodio tomado al azar debería servir para insistir en el concepto de que las lealtades en política, del electorado o de sus dirigentes, hechas con el concepto de la fe que no se discute, son lábiles y poco duraderas. Sin contar que los más fervorosos obsecuentes son los más ágiles traidores. La historia está llena de estos personajes. Alentar la grieta como modo de construir caudal electoral puede servir para un par de elecciones, pero seguro no para varias generaciones.

El político que invirtió en su sondeo asegura que ni el hecho de ser las elecciones de este año de carácter parlamentario atenúa esa división. "El gobierno ha sido inteligente en plantear que este año se juega la continuidad de toda una gestión que, en realidad, debería ser plebiscitada en dos años", explica y agrega: "La oposición peronista también lo fue al decir que dejar ganar a Cambiemos en los comicios es abrir la puerta para más ajuste y dureza en las medidas del PRO".

Si esto fuera así, los más preocupados deberían ser los partidos como el de Sergio Massa, Margarita Stolbizer, la izquierda, el socialismo santafesino o los partidos provinciales. No habría margen para colocar una cuña de pensamiento disidente y privilegiar a muchas personalidades valiosas que no se ponen en la fila del blanco y negro. En realidad, el mayor problema recaería en una ciudadanía que, de verificarse el sondeo, respondería al cómodo y primitivo motor de los sentimientos de odio y amor incondicionales.

Las incondicionalidades son enfermizas. Hasta a quien más se ama se le ponen condiciones. Caso contrario, es asumir el estatus de cosa y no de ser racional. En la vida individual y también en la política.

Luis Novaresio

Periodista en C5N, Radio 10 y Radio Dos. Columnista del diario El Ciudadano de Rosario.

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