Rosario, Lunes 20 Noviembre 2017
Lunes, 28 Marzo 2016

La grieta no se va a cerrar (más)

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La visita del presidente de Estados Unidos volvió a mostrar las profundas divisiones de la sociedad. En el aniversario del golpe pareció más importante resaltar las diferencias que repudiar las atrocidades de la dictadura.

En nuestro país parece que en la ciudadanía no existe ni un solo punto en común. No hay un hecho, un personaje, una historia que merezca el respeto, casi reverencial, como para deponer toda subjetividad y apostar al acuerdo unánime que, aunque no conforme del todo, ayude a un bienestar superador. No hay más que revisar la historia de la humanidad para saber que si una nación no se apoya en algunos pocos fundamentos comunes, su destino está siempre rumbeado hacia la violencia.

La visita del presidente de los Estados Unidos reavivó lo mejor de las dicotomías dogmáticas. Hubo posiciones fundamentalistas de un lado y del otro que anularon toda chance de razonamiento. Nuestro país (nosotros, en realidad) no razona. Sentencia, desprecia, condena. Y todo, de manera sumaria. El hecho de que la visita americana haya sido un 24 de marzo demostró que es mucho más valioso para la mayoría de nosotros señalar la diferencia que encontrarnos en la amalgama del repudio a la atrocidad que fue el último golpe de Estado.

Barack Obama fue muy contundente a la hora de repudiar al gobierno militar que se inició en 1976. Quizá podría decirse que, teniendo en cuenta su nacionalidad y lo que ello representa, fue más específico que el propio presidente Macri, que se quedó a medias con su discurso y quiso conformar a los que le pedían desde sus filas que el terrorismo de Estado reclamaba la condena pero también el civil encarnado en las guerrillas y los movimientos como Montoneros o ERP.

Dicen cerca el jefe de Estado que el discurso pronunciado en el Parque de la Memoria fue pensado por sus asesores con este cristal. "Había que repudiar tanto a Videla como a Vaca Narvaja", graficó en reserva uno de los que suele usar su lapicera para pensar las palabras del presidente. Un craso error: el 24 de marzo fue el alzamiento de ciudadanos con uniformes que están sometidos a la ley, que tomaron las armas del Estado para usurpar el poder, masacrar sin juicio previo a miles de personas y hasta robar sistemáticamente a niños a los que se les privó de su identidad. Claro que hubo guerrilla que merece el repudio una por sus asesinatos. Y habrá que hacerlo en su momento. Pero los 40 años del golpe son eso: cuatro décadas de la suspensión del Estado de derecho. Mauricio Macri prefirió hablar de "violencia política" y no de civiles y militares de facto que nos llevaron al infierno bajo el pretexto de volver la paraíso.

Obama dijo, entre otras cosas: "Sé que existen polémicas por las políticas de los EEUU en esos días oscuros, eso es algo que EEUU está analizando y en lo que está trabajando", para enseguida reconocer a Madres y Abuelas de plaza de Mayo, a Robert Cox del Buenos Aires Herald y a los científicos que impulsaron con las técnicas del ADN el encuentro de nietos robados o cuerpos enterrados como NN. No es poco. El presidente del imperio (sic) dice que sabe que hay que trabajar por lo polémico del accionar de sus antecesores. Es mucho. Un mandatario del país que apoyó los golpes, entrenó a los terroristas de Estado, miró muchas veces para otro lado, que hace una autocrítica en los términos que su investidura y la diplomacia lo permiten debería ser, al menos, tenido en cuenta.

Así y todo, para las heroicas organizaciones de derechos humanos no alcanzó. Se negaron a entrevistarse porque Barack Obama representa la continuidad institucional de los padres de la Escuela de las Américas. No se habla de una foto, de un almuerzo, de un hecho social. Ni siquiera quisieron ver ni escuchar al visitante.

No importó que el carismático presidente que estuvo en la Argentina tuviera al momento del golpe 14 años, que la continuidad institucional es un híbrido que podría haber invocado de esta forma Francois Hollande para no ver a Macri porque el gobierno argentino desapareció a las mojas Domon y Duquet o que quien vino anunció la apertura de archivo secretos que pueden apuntarla el reclamo de memoria, verdad y justicia. No alcanzó. Los que propician el respeto a la palabra ajena, ni le dirigieron la palabra.

Como si fuera poco, la izquierda vernácula no se puso colorada ni abandonó su anacronismo retórico cuando salió a quemar banderas y se olvidó que encendió el televisor para ver que Raúl Castro se abrazaba quince minutos antes en Cuba con el mismo Obama. Las marchas argentinas repudiando el golpe fueron masivas pero divididas. Unos, tomaron un discurso tan aséptico que pasó inadvertido. Otros creyeron que era el modo de no tolerar no haber ganado las elecciones y jugaron el match pequeño de la consigna partidaria.

Es que, como se dijo, en nuestro país se ha impuesto la concepción de que nada merece un gesto de humildad o despojo personal en pos de algo superior que exceda a cada uno de nosotros. La intolerancia, se dijo hasta el hartazgo en estas crónicas, es hoy un valor. Nos hemos convencido que despreciar, a priori, al otro, sin escucharlo ni apreciar sus gestos, es un plus de entereza y convicciones. Es hora de que reflexionemos: la intolerancia es autoritarismo. La ceguera y sordera al otro, germen de fascismo.

¿Qué hecho o personaje nos une como nación? ¿La "cuestión Malvinas"? En absoluto: si ni siquiera hemos honrado a los excombatientes ocultados por años y todavía discutidos. ¿Algún hecho histórico mirado desde nuestros próceres fundadores? Ninguno. Todos sometidos a la revisión de las "mentiras" o de los enfoques cuestionadores. ¿Entonces? Que si no reconocemos que la dialéctica de buenos y malos, sinceros o mentirosos, ha apenas favorecido a los cultores del acceso al poder público para mero provecho propio, estaremos en problemas.

Porque, por las dudas, no es que nos ha ido tan bien como nación. Aunque caigamos en los manidos lugares comunes, un Estado con las ventajas naturales como el nuestro sigue estando a la cola de la satisfacción de las necesidades más elementales de sus mayorías.

Y no sólo se habla de calidad de vida. Sino, especialmente, de calidad de aceptación del otro y del respeto por dos o tres espacios comunes que hacen que el egoísmo de querer tener razón a la fuerza ceda por el deseo de convivir fraternalmente y con tolerancia. Nada menos.

Luis Novaresio

Periodista en C5N, Radio 10 y Radio Dos. Columnista del diario El Ciudadano de Rosario.

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