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Lunes, 25 Enero 2016

Picando aceitunas del peronismo

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Macri regresó de Davos disfrutando de las ondas positivas que encontró entre jefes de Estado y líderes empresariales. Se metió en la interna peronista y deberá enfrentar ahora la rugosa agenda de precios y salarios.

La ola de elogios, mohines y promesas de inversiones que cosechó Mauricio Macri en el Foro de Davos le sirve al gobierno —pero más al país— para reinsertarse en la porción del mundo que corta el bacalao. Ni más ni menos. Pero desde ahora le espera al presidente la agenda rugosa y definitoria, para el destino de su gobierno, que viene de la mano de la discusión por salarios e inflación.

Se entiende el interés de los jefes de Estado de los países centrales y de los líderes empresariales por el cambio de rumbo que tomó la Argentina como contraste a lo sucedido durante los últimos diez años, más precisamente desde el momento en que Néstor Kirchner organizó aquella contracumbre en Mar del Plata, en noviembre de 2005, que llevó a la práctica la confrontación de dos modelos políticos y económicos.

Desde ese episodio y hasta el final del segundo gobierno de Cristina, Argentina dejó de estar en el radar de los países centrales y, de hecho, más allá de alguna excepción, ningún mandatario aterrizó en el país con deseos de confraternizar.

Para el kirchnerismo y la izquierda clasista fue lo mejor que le pudo pasar al país, para el resto la extensión en el tiempo de esa situación llevó al país a un embudo económico y político. A la hora de votar, la mayoría —por una diferencia finita, pero mayoría al fin— se inclinó por la segunda opción.

Nadie debería sorprenderse por los nuevos aliados que busca Macri, por su gestualidad y hasta por ciertos guiños con la crema del poder mundial. El que votó a Cambiemos no esperaba otra cosa.

La nueva moda. Con todo lo sucedido en Davos, se entiende también el ataque presuroso de Macri, incluso antes de asumir, al gobierno de Venezuela. En política, la creación de expectativas es clave cuando llega el momento de tallar en la gran escena. Se puso de moda, como el mismo Macri dijo.

Pero esos vahos del Primer Mundo se terminan a la hora de empezar a tejer y destejer la agenda inmediata que espera puertas adentro. El gobierno nacional deberá resolver o equilibrar el efecto siempre nocivo de la devaluación: precios nuevos y salarios viejos.

Las paritarias, la demorada modificación al impuesto a las Ganancias, la baja de la inflación y el bloqueo a los despidos injustificados serán ahora los elementos del campo de batalla, cuando la espuma alta de la luna de miel empieza a transformarse en otra cosa.

Hasta aquí el Ejecutivo ha resuelto algunos dilemas actuando como contraste gestual del gobierno que se fue. La elección del adversario —la flor y nada del kirchnerismo más ortodoxo— no le generó costos, sino todo lo contrario.

Una encuesta de Poliarquía, con fecha 15 de enero, muestra una aprobación de la gestión de Macri cercana al 71% y una imagen positiva personal del 64%. Aunque a las encuestas hay que darle siempre el mismo valor relativo que a los rendimientos de los equipos de fútbol en las copas de verano.

Se escribió aquí apenas asumió el nuevo gobierno que el dato más saliente de la táctica política de Macri era haber elegido al cristinismo, al kirchnerismo paladar negro, al núcleo duro, o como se lo quiera llamar, como adversario o contraplano de sus decisiones.

La intervención a la Afsca, la firme posición contra el gobierno de Nicolás Maduro, la detención de Milagro Sala, la no renovación de contratos a militantes buscó exaltar las contradicciones con la gestión anterior. El kirchnerismo se moviliza, milita en las calles, pero por sí solo no puede modificar el estado de las cosas.

Y aquí entra en acción la realidad del Partido Justicialista, del peronismo. Que sean Martín Sabbatella, Milagro Sala y el despacho de Máximo Kirchner los objetos del ataque macrista pone una barra de hielo entre ellos y el peronismo que no reporte al universo ultrakirchnerista.

Modelo para armar. Hasta Miguel Pichetto —siempre alineado como un soldado de la causa con Néstor Kirchner y Cristina en la presidencia del bloque de senadores del FPV— admitió que "el estado asambleario de las plazas" no sirve para hacer oposición en este momento y criticó con dureza las decisiones económicas que tomó Axel Kicilloff —el principal símbolo de los adherentes cristinistas— mientras condujo el Palacio de Hacienda.

Esa división peronista se maximiza a la hora de hacer el punteo sobre otras referencias y abre interrogantes respecto a una elección interna competitiva que involucre a todos los mayores referentes.

"(Daniel) Scioli sigue abrazado a Cristina, no va a romper nunca. ¿Para qué sirve ir ahora una interna por una cáscara vacía? Si decidimos competir por adentro del PJ tenemos que aparecer con él, con (Gildo) Insfrán. Todo eso ya fue, basta con conocer qué opina la gente", dijo a La Capital un dirigente del Frente Renovador.

Esas diferentes cazuelas en las que se cuecen las realidades del peronismo le permitió a Macri meterse en la interna ajena, algo impensado para los que todo el tiempo subestiman las habilidades políticas del presidente.

Su declaración a favor de que Sergio Massa encabece el PJ le trae más problemas que beneficios al ex candidato presidencial de UNA a la hora de explicar la relación con el oficialismo, pero le permite al presidente agrandar y complejizar el rompecabezas peronista.

Hoy por hoy, los únicos peronistas que conservan espacios de poder son los gobernadores, a los que Macri les mojó la oreja con la decisión de aumentar la coparticipación a la ciudad de Buenos Aires, pasando por encima de los manuales, los usos y las costumbres.

La bronca que existe entre los mandatarios es tan real como la dependencia que las provincias tienen con el poder central. Hasta Alicia Kirchner tuvo que implorar por ayuda financiera en la Quinta de Olivos, pese a que Santa Cruz fue la casa madre durante 12 años.

Lo cierto es que, pese a amagues, gestos de rebeldía y resistencias políticas opositoras y de demostraciones de poder por parte del oficialismo, el futuro del plan económico y de la viabilidad de gobierno se juzgará según el resultado de las negociaciones para la aprobación de las leyes.

Se ha escrito en esta columna, y se ratifica, que sin aval de una tajada importante del peronismo el gobierno no puede sacar del Congreso ni una declaración de apoyo a una sociedad de fomento.

Para que esa búsqueda de consenso llegue a buen puerto, Macri deberá seguir gozando del divide y reinarás que hoy le ofrenda el peronismo, pero sobre todo mantener en sus jaulas a los eternos dirigentes sindicales a la hora de las paritarias.

Al margen de juegos de cintura y posicionamientos, lo que el gobierno deberá corregir es ese eterno costumbrismo nacional que muestra a los salarios subiendo por la escalera y a los precios por el ascensor. En la resolución de ese intríngulis se juega su futuro.

Mauricio Maronna

Jefe de la seccion Política del diario La Capital