Rosario, Lunes 20 Noviembre 2017
Lunes, 02 Noviembre 2015

La moneda recién está en el aire

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La política no es una ciencia exacta: Scioli, aun ganando por dos puntos, perdió. Macri, aun perdiendo, instaló sensación de triunfo. Pero ahora empieza otra historia, otra campaña que recién terminará el 22N.

La moneda está en el aire. Y es cara o cruz. Los argentinos comienzan a vivir una experiencia inédita e histórica al ingresar a una campaña que, al final del camino, instalará al futuro presidente de la Nación.

Mauricio Macri demostró con su performance en la primera vuelta que aun perdiendo se puede instalar la sensación de victoria. Todo lo opuesto a Daniel Scioli, cuyos escuálidos dos puntos de ventaja se parecieron mucho a una derrota. Pero ahora empieza otro partido, otra historia, una nueva novela.

La performance de Cambiemos no estaba en los pronósticos ni de sus más fervientes adláteres, hasta a ellos mismos los sorprendió la voluminosidad de la ola que dejó poco peronismo-kirchnerismo en pie en el desenlace de la madre de todas las batallas: provincia de Buenos aires.

Los resultados del domingo demostraron la futilidad de algunos eternos mitos, al fin suplantados por nuevas formas de hacer política. Esta vez los aparatos territoriales fueron arrastrados por la ola hasta lograr, por ejemplo, la caída de cacicazgos históricos. Un cocinero, Martiniano Molina, terminó con el peso del peronismo en Quilmes; un periodista, Diego Valenzuela, mandó a jubilarse al eterno barón del conurbano Hugo Curto.

Todo análisis que pretenda mostrar acabadamente la flamante geografía política que tocó tierra el domingo deberá partir de la cosecha que consiguió la nueva chica de la tapa: María Eugenia Vidal. En el principal distrito electoral del país se construyeron los cimientos de la victoria de Cambiemos.

Aníbal, pelotazo en contra. Favorecida por el suicidio político al que se encadenó el Frente para la Victoria (FpV) con la candidatura de Aníbal Fernández, Vidal logró lo que no pudieron otros opositores desde 1983 a la fecha, tras aquella rentreé democrática que, con la ola alfonsinista, depositó al radical Alejandro Armendáriz al frente de la Gobernación bonaerense.

La derrota provincial del FpV encajonó también a Scioli, quien ganó en su distrito por apenas 5 puntos, casi la nada misma atento a sus 8 años de gobierno y a los antecedentes numéricos del kirchnerismo en 2007 y 2011.

Scioli, quien supo conseguir sus mejores índices de adhesión siendo Scioli, se desperfiló absolutamente durante la campaña electoral hasta convertirse en un híbrido que se mixturó entre el "con fe, con esperanza, siempre para adelante" y los trazos gruesos del relato K. Terminó sin ser una cosa ni la otra.

La sonoridad del cachetazo a Fernández y la extraordinaria victoria de Vidal parecen haber terminado, sin embargo, con el duelo de discursos alrededor del gobernador bonaerense. Hasta el kirchnerismo más duro —salvo los hilarantes diagnósticos de Carta Abierta— se dio cuenta de que jamás podría triunfar Scioli repitiendo los lineamientos del "vamos por todo".

El trazo grueso, el recorte amplio de lo que sucedió en las Paso y se confirmó el domingo pasado es que la mayoría de los argentinos siente la necesidad de que no vuelva a triunfar "el relato" tal cual se lo conoció. La razón fundamental no está anclada en la economía ni en la dinámica de la gestión, sí en el paso del tiempo, en el cansancio con un estilo durante doce años de gobierno.

Ahí aparece el doble desafío de Scioli: volver a ser él para conquistar votos de electores que no quieren saber más nada con los usos y formas del kirchnerismo pero, a la vez, retener la totalidad de los sufragios K. "Lo mejor que nos puede pasar es que Cristina desaparezca de la escena pública. Es verdad que necesitamos todos los votos del cristinismo, pero los retenemos seguros, porque no tienen ningún otro lugar hacia dónde ir", dijo el viernes a la noche a LaCapital un dirigente sciolista pidiendo no menos de 4 veces reserva de identidad.

Nuevos yeites. Por el momento, Scioli y el kirchnerismo dejaron de lado sus yeites de campaña. En vez del "siempre para adelante" y "nunca menos", ingresaron en una fase de revisionismo crítico para demonizar a Macri y a Cambiemos.

El ex motonauta rompió su histórico estilo discursivo componedor, de paz y amor, para atacar con todo al líder del PRO y al espacio que lo contiene, vinculándolos con la Alianza que terminó en un desastre en 2001 y trazando paralelismos con el liberalismo decimonónico.

El estilo discursivo de campaña que se inicia en el FpV tendrá puntos concurrentes con el que ejercieron el Frente Progresista y el peronismo durante la transición de las Paso a las generales santafesinas.

Así como vincularon a Miguel Del Sel y al PRO con prédicas "noventistas" y utilizaron toda la catilinería del miedo, ahora harán lo propio con Macri. Con una diferencia: esta vez, la mayoría del radicalismo se abrazó a Macri. El macrismo debería haber aprendido la lección para salir del paso y llevar adelante —como lo logró en la campaña hacia el 25 de octubre— una estrategia convincente sobre la viabilidad del cambio.

El mayor interrogante que impide por estas horas asegurar una victoria de Macri o de Scioli es el voto que fue a Sergio Massa. Si bien a la hora de la verdad hay que reconocer que Jaime Durán Barba, el gurú ecuatoriano del PRO, tuvo razón sobre la potencialidad del purismo amarillo, ahora se inicia otra etapa en la relación con los sufragantes del tigrense.

En la mesa chica del massismo, a la salida de la primera vuelta, estaban convencidos de que la historia del cambio y los nuevos tiempos eran irrefrenables. "Nosotros no vamos a pedir ministerios, creemos que la llave para un acuerdo es la provincia de Buenos Aires. En la Legislatura Vidal no tendrá mayoría propia, o arregla con el kirchnerismo o con nosotros. Sí aceptaríamos estar a cargo de organismos que la Constitución les dispensa a la oposición, como Defensoría del Pueblo y esas cosas", dijo a este diario una calificada fuente del Frente Renovador.

En ese vector no descartan que algunos dirigentes tomen el camino de Scioli, como pareció indicarlo Felipe Solá. Al margen del imperecedero registro camaleónico de Solá, no será fácil para muchos dirigentes peronistas votar por Macri, máxime cuando del otro lado está un peronista. Y es allí donde el gobernador bonaerense deberá cumplir su objetivo de sciolizarse sin tirar lastre con el kirchnerismo, al fin el máximo distribuidor de sus votos.

A diferencia de otros países en los que las negociaciones permiten conseguir apoyos explícitos hacia las experiencias de segunda vuelta, en Argentina han desparecido los partidos políticos como disciplinadores y orientadores exclusivos de los votos. Los electores votarán más por su propia razón y por lo que digan Macri y Scioli que por las recomendaciones de Massa, Nicolás del Caño, Margarita Stolbizer o Adolfo Rodríguez Saá.

Scioli y Macri ya no podrán pescar en la misma pecera: hay casi 8 millones de votos nuevos entre los que fueron en primera vuelta a otras opciones, votaron en blanco o no fueron a sufragar.

Los anzuelos, como la moneda, todavía están en el aire. La historia aún no tiene final.

 

Mauricio Maronna

Jefe de la seccion Política del diario La Capital

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