Imprimir esta página
Martes, 13 Octubre 2015

La campaña y la transición

Escrito por 

Claves. Los indecisos de hoy serán los que definirán el 25 de octubre quién será el próximo presidente o el eventual paso hacia un ballottage. En Santa Fe, Lifschitz acelera una agenda institucional. Reunión con Schiaretti.

Ahora sí. Al fin, se empieza a hablar de política, candidatos y elecciones por afuera del microclima. Todavía no. La inminencia de los comicios del 25 de octubre, la larguísima transición y la inseguridad a salto de mata, pospondrán al menos hasta principios de noviembre el anuncio de Miguel Lifschitz sobre la grilla completa de su futuro gabinete.

Aunque de a poco el ciudadano común intente aproximarse a los posicionamientos, elucubre sobre el voto útil y bosqueje sus propios escenarios, los candidatos siguen nadando en la nada a la hora de las ventajas comparativas.

Salvo Sergio Massa, quien en las últimas semanas se mostró decididamente al ataque, combinando golpes de fighter y sembrando propuestas de gobierno —algunas cumplibles y otras sólo destinadas a las portadas de los diarios—, Daniel Scioli y Mauricio Macri parecen apostar más al error no forzado del adversario que a desempolvar algún tigre de papel que sacuda los cimientos de lo establecido.

Curiosa semana vivió la política argentina. Al tiempo que se demuestra en la práctica cotidiana de la política la desaparición de los partidos políticos como ordenadores de las candidaturas, tanto Scioli como Macri intentaron sacar beneficio de apoyos cruzados, alejados de sus respectivas bases de sustentación.

Perón a mano. A dos semanas de las elecciones, el candidato de Cambiemos dejó de lado el purismo amarillo, inauguró un monumento a Juan Domingo Perón, llenó de elogios las conquistas del otrora Movimiento Nacional Organizado y posó para las fotos con Hugo Moyano, el "Momo" Venegas y Eduardo Duhalde. Cuando hay necesidad, siempre es bueno tener a mano algún vestigio icónico de peronismo.

Macri necesita ampliar su masa crítica y, en su apuesta al voto útil, ese sufragio vacante sólo puede llegar de electores empáticos con el justicialismo pero refractarios a todo lo que huela a kirchnerismo. Otra curiosidad argentina de 2015: la mayoría de la sociedad preferiría un cambio de signo político, pero casi el 60 por ciento de los votos de las primarias fueron hacia alguna variante de peronismo.

En el laboratorio político del macrismo juran y perjuran que su líder no ha caído tras las Paso del 9 de agosto, que los números son los mismos que dejó aquella postal y que lo que definirá si habrá o no ballottage será el camino que, al final, tomen los indecisos.

"El 35 por ciento del electorado aún no definió a quién votar. Pero a esto agréguele que en primarias casi el 10 por ciento decidió su voto el mismo día de las elecciones. Se define todo en la última semana, y la gente va a optar por Macri porque es el único que quiere un cambio en serio", dijo el viernes a LaCapital una de las principales referencias de la campaña de Cambiemos.

Así como Macri les hizo señas a los peronistas de que "todos unidos triunfaremos", Scioli se atrevió anteayer a reivindicar al radicalismo, a defender sus postulados y a pedir el voto a los de boina blanca. Al fin, como se revela en el indispensable libro "Scioli secreto", de Walter Schmidt y Pablo Ibáñez, el candidato del FpV votó y militó en 1983 por la boleta que encabezó Raúl Alfonsín. Sorpresas que ofrece la política nativa.

Hoy la cuestión para Scioli es más mundana y utilitaria: necesita ampliar su base electoral, aunque sea por goteo, para evitar el ballottage. Una segunda vuelta es otro partido, otro escenario, otra historia. La instalación eufórica de la idea de que el FpV gana en primera vuelta puede hacer aparecer, como reflejo contrafáctico, la instalación de un escenario derrotista si no hay diez puntos de diferencia con Macri o Massa.

Urgencias. A favor de Scioli juega su piso alto, casi totémico a la hora de mostrar las cartas el 25 de octubre. Nadie en su sano juicio político podría aventurar que el ex motonauta baje el porcentaje que cosechó en primarias. Por eso, el esfuerzo denodado del comité de campaña sciolista de instalarse en la provincia de Córdoba, donde cada voto que fue a José Manuel de la Sota hoy cotiza en oro.

En contra del bonaerense juega la candidatura de Aníbal Fernández a gobernador, dueño de una imagen negativa entre los independientes y resistido hasta por una franja de votantes que en las Paso sufragó por Julián Domínguez.

En el conurbano bonaerense, donde se inclinan las balanzas electorales, será clave el rol que juegue la presidenta de la Nación, dueña de una alta imagen positiva. Para que el lector comprenda la importancia estratégica del conurbano bonaerense: en sus 24 distritos está el 23 por ciento de los votantes de todo el país.

Transición eterna. En Santa Fe, la realidad política ubicada al margen de los vaivenes preelectorales empieza a intentar direccionar los focos hacia Lifschitz, quien debe acompañar una transición inédita y larguísima.

Todos los nombres que han circulado en las últimas horas como potenciales integrantes del gabinete tienen cierto crédito, salvo el de Jorge Henn como ministro de Justicia. Allí el gobernador electo tiene un nombre definido que no es el del actual vicegobernador.

Lifschitz recién dará a conocer la totalidad de la grilla durante el mes de noviembre, atento a una lógica razonable. Los casi dos meses que quedan hasta su asunción podrían limar a los elegidos, fundamentalmente en el área de la Seguridad, donde se da como número puesto al radical Maximiliano Pullaro. Sin embargo, tanto o más importante que el nombre del titular político del área resultará la identidad del secretario de Seguridad, quien deberá operar en el día a día.

Mientras espera que las negociaciones con el radicalismo lleven las barcazas por aguas seguras, Lifschitz iniciará el martes próximo sus contactos institucionales como gobernador electo. Ese día viajará a Córdoba para mantener un encuentro con el futuro mandatario, Juan Schiaretti. La intención del ex intendente rosarino es empezar a bosquejar una agenda común para lo que se viene.

Lifschitz, además de resguardar los nombres de sus futuros funcionarios para evitar que la realidad los lime, apuesta a una regla básica no escrita para quienes deben acceder al poder: la creación y mantenimiento de expectativas. Ese blindaje, que pone incómodos hasta a los propios socialistas, es el preanuncio de que se viene una nueva etapa en el vértice del Ejecutivo santafesino.

La nueva conformación política de la provincia de Santa Fe, en un escenario inédito de tres tercios ajustadísimos, obliga a los que se van y a los que vienen a producir un salto de calidad en una materia que, además de estar pendiente, jaquea a los santafesinos cada vez con mayor intensidad: la inseguridad. Ahí no hay tiempo para perder, máxime cuando la transición recién termina el 10 de diciembre.

El tiempo no para.

Mauricio Maronna

Jefe de la seccion Política del diario La Capital