Rosario, Jueves 23 Noviembre 2017
Lunes, 27 Julio 2015

El eterno juego de las apariencias

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Macri cambió su discurso en el momento menos oportuno y no logró el efecto que buscaba. Scioli quiere convertirse en un candidato "atrapalotodo" que no deje espacios vacíos entre los votantes peronistas

Los números de las encuestas que dicen que una mayoría de los argentinos ve con agrado que el Estado tenga un rol activo en la economía, los consejos del icónico gurú ecuatoriano Jaime Durán Barba y los resultados de las elecciones en Santa Fe y Córdoba hicieron girar el discurso de Mauricio Macri. De la "tercera vía" pasó a engrosar la ancha y abarrotada "avenida del medio".

El cambio de discurso del precandidato presidencial del PRO estaba pensado bajo las luces fulgurantes de un triunfo rotundo de Horacio Rodríguez Larreta en el ballottage porteño. Entre globos, cantos y baile, los estrategas habían imaginado esa sorpresa discursiva en boca de Macri para que sea leída como una especie de ofensiva final hacia los votantes que no terminan de confiar en el kirchnerismo pero que le reconocen varios aspectos positivos a la gestión de Cristina.

Pero, en el after del ballottage, el impacto positivo de la noticia deseada no pudo ser: el PRO apenas ganó por un suspiro su bastión histórico —el único en todo el país— y la apostasía de Macri a su lugar ideológico previo respecto de YPF, Aerolíneas y la Asignación Universal por Hijo sonó forzada, subalternizada por el susto que le dio Martín Lousteau.

El gurú y Maquiavelo. Nada más empírico para justificar el cambio de discurso favorable a las estatizaciones que las palabras que Durán Barba les dirigió a conmilitones del PRO reunidos la semana pasada en un bar porteño: "Nosotros tenemos que entender a la gente. Si la gente cree que Scioli es un buen gobernador (el 65% lo piensa), pues Scioli es un buen gobernador. ¿Es Maquiavélico? No, es acercarse a la gente. Si la gente cree que la Virgen de Guadalupe es una atorranta, pues lo será hasta que se demuestre lo contrario".

Bajo esa premisa —discutible para un partido que se para, al menos desde el deber ser , como algo que intenta convertirse en el emblema de "la nueva política"— leyeron que el jefe de Gobierno porteñodebía dar señales de acercamiento y sensibilidad popular con esas mayorías como forma de esmerilar la imagen de frialdad tecnocrática y parentescos con "los 90" que le endilga no solamente el kirchnerismo sino también las influyentes capas dialécticas que hablan desde el "progresismo".

Debe decirse en favor de quienes machacaron para que Macri cambie el discurso que, en Santa Fe, el PRO no pudo evitar su tufillo vinculado a políticas de otros tiempos. En determinadas capillas que ejercen influencia a la hora del voto se impuso la campaña de que con Miguel Del Sel llegaban las políticas de los 90, con los nombres fantasmales de tecnócratas del pasado, léase Juan Carlos Mercier y símbolos por el estilo en el campo de la educación. El PRO nunca pudo despejar esas campañas ni cosechar más voluntades de las que logró en las primarias. Y perdió.

Esa ausencia de triunfos que se extendió a casi todas las geografías, salvo en la ciudad de Buenos Aires, y pese al fantasma Lousteau, llevó a la versión nac & pop que se estrenó la noche de la segunda vuelta porteña.

Lo curioso del caso es que no le había ido nada mal a Macri —en su tránsito de porcentajes de un dígito de adhesión a convertirse en presidenciable con serias chances triunfo— con su inclinación a la "tercera vía", desentendiéndose y poniéndose en la vereda de enfrente de cualquier versión del peronismo.

Más aún, Macri rechazó la muy competitiva posibilidad de incorporar a Massa al frente con la UCR por "formar parte de la interna peronista" y eso, lejos de perjudicarlo, lo acercó a escenarios de polarización con el kirchnerismo. Ese derrotero lo logró incorporando en algunas provincias a dirigentes peronistas.

El caso de Santa Fe es claro: aquí el PRO tiene en sus primeras capas dirigenciales a más peronistas de cuna que a macristas vivenciales. Los dos últimos presidentes del PJ provincial previos al actual (Norberto Nicotra y Ricardo Spinozzi) son actualmente diputados del PRO. El amarillo puro es una bonita fórmula declamativa, pero que tiene sus contradicciones.

Habrá que ver si el giro copernicano a la hora de del elogio y la promesa de mantenimiento de las estatizaciones resulta algo más que un esfuerzo para evitar el castigo del kirchnerismo y le permite a Macri crecer en las consideraciones hasta forzar una segunda vuelta. O si el movimiento de cintura le quiebra la levantada. Por lo pronto, es Massa quien salió a intentar recuperar terreno, aprovechando además los tropiezos electorales del PRO. Debe decirse que al Frente Renovador le fue mucho peor que al PRO en todos lados.

La semana de Scioli. Esos escenarios de tropiezos aparentes de Macri le ha redoblado el optimismo a Scioli, quien disfruta de que en cierto imaginario social —incluso refractario a su postulación— crezca la idea de un triunfo en primera vuelta.

Aunque nadie en su sano juicio podría hoy poner las manos en el fuego por los encuestadores —otra vez protagonistas de papelones históricos en la mayoría de las provincias y en Capital Federal—, varios sondeos recientes ubican al bonaerense a seis o siete puntos del 45 por ciento. Ese es el número mágico para evitar el ballottage. Triunfaría también en primera vuelta si cosecha el 40 por ciento y el segundo no logra superar el 30, opción para la que necesitaría evitar la polarización con Macri, apostando a que Massa sume algunos puntos.

Para que todas esas mesas de arena cobren valor real habrá que esperar los resultados de las Paso. Las primarias serán las únicas encuestas que no admitirán discusión. Es muy probable que la primera vuelta del 25 de octubre opere como un ballottage de hecho si se barrunta un escenario de polarización marcada en los resultados del 9 de agosto. El voto útil, en caso de que se mantengan las tendencias actuales, podría ir hacia Scioli y hacia Macri, según las voluntades de cambio o continuidad.

Como en un juego de apariencias (demasiado forzado y previsible), el ropaje nac & pop con el que se vistió Macri motivó que Scioli, aunque sin calzarse la guayabera, hiciera un viaje relámpago a Cuba para reunirse con Raúl Castro, de quien se consideró "un admirador".

No son pocos los gestos que ha dado hasta aquí el candidato del Frente Para la Victoria: elogió a Carlos Menem, visitó La Habana, le presento sus credenciales a Hebe de Bonafini y, al fin, se dio un baño de peronismo con los gobernadores. Scioli quiere representar en sí mismo un catch-all party (partido atrapalotodo) que no deje a nadie afuera.

Al fin, siempre el peronismo se ha sentido atraído en la práctica por la vieja frase de un líder del PRI mexicano, aunque casi nadie la conozca: "No somos de izquierda ni de derecha, sino todo lo contrario".

Mauricio Maronna

Jefe de la seccion Política del diario La Capital

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