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Domingo, 01 Abril 2012

A cien años de la elección de Menchaca y Caballero

Escrito por  Rogelio Alaniz - El Litoral

El 31 de marzo de 1912 los santafesinos votaron en la provincia para elegir gobernador, vice y legisladores. La novedad histórica es que se trataba de la primera elección que se realizaba bajo el mandato legal de la ley Sáenz Peña aprobada por el Congreso de la Nación dos semanas antes.

La elección santafesina fue un ensayo que pondría a prueba la eficacia de una ley cuya sanción había generado muchas polémicas. Por lo pronto, en Santa Fe la UCR ganó con relativa comodidad los comicios. Según los estudios de Ezequiel Gallo, la fórmula integrada por Manuel Menchaca y Ricardo Caballero ganó en el sur, en el centro y en el norte. Su presencia política se extendía a lo largo de todo el territorio a diferencia de su inmediato competidor, la Liga del Sur, cuya gravitación, como su nombre lo indica, era el sur, mientras que los conservadores de la Coalición se impusieron con relativa comodidad en los departamentos de Vera y Garay.

La victoria de Menchaca abrió el ciclo de gobiernos radicales en la provincia, ciclo que se habrá de mantener hasta 1930, con las alteraciones internas propias de un partido que ya para esa época había hecho del internismo una razón de ser de la política. La victoria radical también parecía confirmar el principio de que al establecerse reglas claras de juego democráticas el radicalismo ganaba y los conservadores perdían. Sin embargo, como se va a demostrar en los siguientes años, esa presunción de una victoria automática de los radicales no será tan lineal en sus manifestaciones. Entre 1912 y 1916 los conservadores ganaron en Córdoba, Tucumán y Salta, mientras que en Capital Federal el candidato electo era el socialista Enrique del Valle Iberlucea, con lo que se confirmaba el criterio -por lo menos para esos años- de que la ley Saénz Peña era, en principio, un genuino instrumento de democratización y pluralismo político.

Su sanción -como se sabe- no fue sencilla. Las negociaciones del ministro Indalecio Gómez y el propio Roque Sáenz Peña con radicales, socialistas y la más diversa gama de conservadores, fue ardua y cargada de tensiones. La ley aprobada despertó entusiasmo y suspicacias. Para los conservadores era una manifestación de su espíritu moderno y reformista, pero también se trataba de una maniobra arriesgada que podía llegar a abrir las puertas a la anarquía. Por su parte, los radicales estaban conformes con las oportunidades electorales que abría la ley, pero no eran pocos -empezando por Yrigoyen- los que suponían que la ley era una trampa del régimen para despojar al partido de su sagrado fuego revolucionario.

De Yrigoyen se ha dicho que nunca estuvo del todo conforme con esta ley, sobre todo cuando Saénz Peña se opuso a que renunciaran los gobernadores del régimen y se iniciara una nueva etapa. Al perspicaz Yrigoyen no se le escapaba que una elección con los gobernadores conservadores controlando las provincias no sólo sería difícil de ganar, sino que - en el caso de ganar- se haría luego muy difícil gobernar. Como los hechos se encargarán de probar en el futuro, Yrigoyen no estaba del todo equivocado.
Satisfecho o no, el caudillo radical terminó por darle luz verde a sus correligionarios para que se presentasen a las elecciones. Algunos historiadores aseguran que, en verdad, no fue necesario encender esa luz verde porque no bien sancionada la ley, los radicales empezaron a prepararse para sufragar libremente en los comicios que, en definitiva, era por lo que luchaban desde hacia más de veinte años.

Los candidatos de la UCR santafesina poseían rasgos biográficos singulares. Menchaca habían nacido en la provincia de Buenos Aires, estudiado en Paraná y concluido sus estudios universitarios en Córdoba, para radicarse, finalmente, en Santa Fe. Por su parte, Caballero era oriundo de Córdoba, y en esa ciudad se había recibido de médico. La fórmula mantenía un equilibrio regional necesario para una provincia cuyos centros de poder eran las ciudades de Santa Fe y Rosario. Menchaca era de la ciudad capital y Caballero de Rosario. No terminaban allí las diferencias. Menchaca estaba vinculado con los clubes sociales y las familias patricias. Sus inicios en la política se dieron en el seno del régimen conservador. Ello le había permitido ser presidente del Consejo de Higiene y tener una activa participación en al creación del Colegio Nacional y la Escuela Normal.
Caballero exhibía un pasado izquierdista. Según sus biógrafos, había militado en agrupaciones anarquistas y socialistas. Esa relación con las ideas de izquierda, también estuvieron presentes en Rosario. Caballero se transformará en aquellos años en uno de los caudillos radicales más importantes de la provincia, y es probable que en los ajetreos de la lucha interna la filiación anarquista de su juventud se haya ido desvaneciendo en el aire o en la polvareda de los caminos.

El radicalismo de Santa Fe fue leal a Yrigoyen, pero con algunas reservas, como se demostrará en 1916 cuando muchos se negarán a votar por Yrigoyen. Algunos de sus principales dirigentes pertenecían a las familias del poder, como es el caso de Ignacio Iturraspe. Si bien muchos se jactaban de su participación en la revolución de 1893 y, como en el caso de Caballero, en la de 1905, lo que predominaba en los círculos de dirección eran políticos cuya filiación biográfica no difiría en lo sustancial de los familias tradicionales.
En efecto, no bien se presta atención a sus antecedentes biográficos se advierte que habían estudiado en los mismos colegios, ejercían profesiones parecidas y eran titulares de propiedades rurales. Como le gustaba decir al conservador Hardoy con un cierto toque de ironía: "No se confunda amigo, en Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe las vacas son radicales, no conservadoras".

Importa advertir, de todos modos, que la filiación de clase o de status social no alcanza a explicar las conductas políticas. Puede que en la cúpula de la UCR los apellidos no hayan diferido demasiado de los tradicionales, pero como algunos estudios lo han probado, el radicalismo cuenta en sus filas con una abigarrado universo de profesionales, comerciantes, empleados públicos e intelectuales, diversidad que no está presente en las filas conservadoras.

Menchaca y Caballero son, de alguna manera, la expresión de esa diversidad. La llegada de la UCR al poder en 1912 da cuenta también de los cambios que se están produciendo en estas sociedades, un cambio que, para no exagerar en los términos, habría que decir que se dio sobre la base de una permanencia. No hay ruptura ni ideológica ni de clase entre los gobiernos radicales y conservadores. Lo que hay es otra percepción, una nueva sensibilidad para afrontar los problemas de la política y el poder en una ciudad, una provincia y un mundo que estaban siendo atravesados por serias tensiones.

Este primer gobierno radical confirmará aquello que los radicales saben hacer: pelearse internamente. A los pocos meses de asumir, Caballero rompió relaciones con Menchaca. Algo parecido ocurrirá luego entre Elizalde y Lehmann, Mosca y Ferrarotti y Cepeda y Aldao. Ninguna de aquellas refriegas pondrá en discusión la hegemonía radical en la provincia.

La gestión de Menchaca deberá afrontar en esos años situaciones que resolverá con eficiencia. En principio, ese mismo año estalló el Grito de Alcorta, donde el gobernador exhibió condiciones de negociador sin disimular sus simpatías con los productores rurales en huelga. La Reforma Universitaria y su consecuencia inmediata, la fundación de la Universidad Nacional del Litoral, fue otro de los logros de esos años, advirtiendo en este caso que, a diferencia de Córdoba, la relación entre el viejo y el nuevo orden estuvo signado por la continuidad, y el reclamo por la UNL fue acompañado por la totalidad de la clase dirigente. Menchaca y Caballero fueron también protagonistas de ese otro proceso de reformismo político que fue la sanción de la Constitución de 1921, uno de los debates mas ricos e interesantes que se diera en esta provincia acerca de los cambios posibles y deseables en materia política, social y religiosa.

Como se podrá apreciar, hace cien años los santafesinos fueron a votar tal vez sin saber que con su participación en las urnas no sólo estaban inaugurando una de las leyes electorales destinadas a poner fin al régimen oligárquico, sino que en ese mismo acto legitimaban la apertura a una etapa de transformaciones que, como se dice en estos casos, les permitió a los hombres de entonces disfrutar del privilegio de vivir un tiempo interesante.

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