Rosario, Viernes 24 Noviembre 2017
Domingo, 03 Junio 2012

El ahorro y el derecho de hacer lo que se me antoja

Escrito por  Rogelio Alaniz / El Litoral

“Debemos tratar a la República Argentina tal cual la han hecho Dios y los hombres, hasta que los hombres con la ayuda de Dios la vayan mejorando”.

Bartolomé Mitre

Uno de los recuerdos perdurables de mi infancia fue la caja de ahorro, cuando la maestra nos alentaba a comprar estampillas que al cabo de un tiempo nos transformaba a los niños de entonces en propietarios de una suma de dinero que nos permitía comprar una pelota de fútbol, un mecano, una bicicleta, todo ello adquirido gracias a la virtud del ahorro.

A través de moralejas sencillas y eficaces, la escuela pública de entonces nos enseñaba los beneficios del ahorro, pero para que ese pedagógico juego pudiera funcionar era necesario que se cumpliera con una condición que iba más allá de las buenas intenciones de las maestras. Esa condición, en aquellos años para todos nosotros era invisible o algo tan natural como respirar o salir a jugar al recreo. Nadie parecía tenerla en cuenta hasta el momento que desapareció y con ella desapareció el juego. Me refiero a la estabilidad del peso, a la capacidad de la moneda nacional de cumplir con una de las exigencias básicas de toda moneda, es decir, ser reserva de valor, saber que las monedas o los pesos que hoy guardo en la alcancía o en el colchón, dentro de unas semanas, unos meses, o un año valdrán lo mismo.

Hoy poco importa saber en qué momento el peso argentino dejó de valer. Por ahora nos alcanza con saber que las maestras ya no les dicen a los chicos que compren estampillas y ahorren, porque hasta el niño más inocente les diría que lo están estafando. Es probable que tampoco las maestras insistan en ponderar los beneficios del ahorro, porque para que esa virtud se pueda desarrollar son necesarias sociedades austeras que ponderen la cultura del trabajo.

La Argentina de hace medio siglo no era un paraíso, pero algunos criterios indispensables para la existencia de una buena sociedad funcionaban. Sin ir más lejos, el otro día, con motivo de una charla que di en una comuna acerca de la historia del periodismo, señalaba al pasar que la mítica revista “Caras y Caretas” salió a la calle todas las semanas durante casi cuarenta años, de los cuales más de treinta lo hizo con el mismo precio de tapa. Un dato menor dirá alguno, una anécdota irrelevante dirá otro, pero si como dijo Borges “una gota puede llegar a explicar el mar”, el precio estabilizado de una revista durante décadas nos permite apreciar un dato importante que, al mismo tiempo, es una clave de algo trascendente, ya que de ello se infiere que la misma estabilidad existió para los precios de la canasta familiar y el conjunto de transacciones propias de una sociedad.

Una moneda estable no es la única garantía para la existencia de una sociedad justa, pero no es posible pensar en una sociedad justa sin una moneda estable. Esa condición es la que hoy falta en la Argentina y su ausencia es la que provoca, entre otras cosas, la corrida de la gente hacia el dólar.

Acerca de esta conducta, algunas consideraciones merecen tenerse en cuenta. En primer lugar, quienes hoy quieren comprar dólares o protestan por las medidas represivas del gobierno -medidas represivas que vulneran expresas libertades civiles- no son cipayos, gorilas o vendepatrias, sino personas que en un contexto de inestabilidad e incertidumbre tratan de proteger sus ingresos o sus ahorros recurriendo a una moneda confiable. En segundo lugar, la memoria histórica de la gente es la que le enseña que con el dólar se puede en el peor de los casos salir empatado, pero nunca se pierde. En ese sentido, lo que hay que preguntarse no es por qué la gente confía en el dólar, sino por qué no confía en la moneda nacional.

¿Y por qué el dólar? Por varias razones, pero hay una que importa destacar porque se relaciona con la historia. El dólar importa, porque ese billete es la expresión simbólica de una sociedad que durante más de doscientos años supo generar riqueza y previsibilidad. En casi dos siglos, sólo una vez -en 1970, si no me falla la memoria- Estados Unidos de Norteamérica llegó al diez por ciento de inflación anual. Estas condiciones históricas son las que explican la confianza en el dólar.

Al respecto no hay misterios, ni enigmas. La gente se vuelca al dólar porque confía en él, por que sabe que puede guardarlo en una caja fuerte o en un tarro y dentro de uno o diez años seguirá valiendo mas o menos lo mismo. ¿Podemos decir lo mismo del peso argentino?

Estos procesos históricos de mediana y larga duración, ¿se resuelven con medidas represivas? No sólo no se resuelven, sino que en más de un caso agravan los problemas que se quieren evitar. También en este caso la experiencia histórica es aleccionadora, porque no hace falta ser un experto en economía para saber que cada vez que un gobierno recurrió al voluntarismo para resolver los problemas de la economía, la experiencia terminó mal.

Es verdad que las buenas decisiones económicas suelen ser la consecuencia de políticas acertadas, pero no es menos cierto que más de una vez la política ha sido responsable de catástrofes económicas. En este sentido, los problemas monetarios que hoy aquejan a nuestro país no provienen de las crisis cíclicas de la economía. Hoy el nivel del endeudamiento externo es reducido, las necesidades de financiamiento en divisas son bajas y hay un razonable nivel de reservas internacionales. El problema, por lo tanto, no es el dólar, el problema es el gobierno. El problema consiste en que el oficialismo no puede explicar por qué estamos atravesando por semejantes dificultades, cuando las favorables condiciones del contexto externo en lo fundamental se mantienen.

Retornemos a las miserias cotidianas. A los principales funcionarios del gobierno no habría que reprocharles en principio que sus depósitos estén en dólares, porque es razonable que así lo hagan. Lo que en todo caso hay que reprocharles, es que en su condición de dirigentes le digan a la sociedad que hay que despojarse de la obsesión del dólar.

De Aníbal Fernández, por ejemplo, puede decirse que reúne las condiciones ideales del animal político, tal como lo consideró Aristóteles hace más de dos mil años. Las “animaladas” de Aníbal ya son célebres, pero hasta en su manera prosaica, brutal y primitiva de expresarse manifiesta, aunque más no sea en el plano instintivo, un atisbo de racionalidad. En efecto, cuando ante la exigencia de responder por qué no cambia los dólares por pesos, dijo que no le pidan que haga cosas de idiotas.

Pensemos en las palabras de un senador que es a su vez uno de los voceros más reconocidos del gobierno. “No me pidan que haga cosas de idiotas”, dice la misma persona que unos días antes consideraba que era “horrible” que los argentinos atesoraran su dinero en la divisa norteamericana. ¿Contradicción o coherencia? Las dos cosas, diría yo. Contradicción, porque por un lado se exige un comportamiento opuesto al que él mismo practica. Pero coherencia, porque para cierta manera de vivir el poder es absolutamente lógico que lo que vale para ellos no vale para el pueblo, la masa o la “gilada”, de acuerdo con el lenguaje preferido de Fernández. Coherencia también, para ser justos, con el régimen de poder al que pertenecen los jefes de Fernández. O la jefa, para ser más precisos, que también ahorra sus millones (que según el juez Oyarbide no provienen de enriquecimiento ilícito) en dólares.

Coherencia, por último, cuando concluye su alegato diciendo, “Tengo dólares porque se me antoja”. Otra frase interesente, una frase que dice mucho más de lo que pareciera ser un arrebato de mal humor. Hacer “lo que se me antoja” es, desde el punto de vista político, la fantasía extrema de los déspotas. Si alguien quisiera definir la naturaleza del poder en términos simplificadores, debería recurrir a esa frase: “Hacer la que se me antoja”, una pretensión no muy diferente de la que sostiene la señora o de la que pregonaba su señor esposo.

“Hacer lo que se me antoja”, primera y última verdad de la pedagogía kirchnerista. Verdad practicada por la señora diariamente y que esta semana ejerció en plenitud asistiendo al 25 aniversario de “Página 12”, no para defender la libertad de prensa, sino para halagar a la prensa incondicional.

No deja de ser sintomático que el aniversario se haya celebrado donde funcionara la ESMA. Sólo la conciencia culpable o simplemente el mal gusto pueden llevar a realizar la fiesta de un diario en el lugar donde se torturaba y se mataba. Sólo la amoralidad o una suerte de voluptuoso acto fallido, pudo conducir a la señora a incorporar en la categoría de desaparecido a Jorge Lanata, el periodista que fundó el diario. Y a desaparecerlo justamente en el predio donde el brutal método de la desaparición de personas adquirió sus tonos más sombríos y siniestros.

Info adicional

  • Fuente: El Litoral
Noticias de Encuentro Argentino de Transporte Fluvial
  • Presentación Anuario Hidrovías del Mercosur

    Presentación Anuario Hidrovías del Mercosur En el Marco del XXVII Seminario Internacional de Puertos, Vías Navegables, Transporte Multimodal y Comercio Exterior, el martes 28 de noviembre a las 17.30 hs se presentará el Anuario "Hidrovias del Mercosur". Iniciativa del Instituto de Desarrollo Regional de Rosario[…]

    Leer más...
Noticias de Infrapublica.com

Cotizaciones

Dolar ${dolar_c} / ${dolar_v}
Euro ${euro_c} / ${euro_v}
Real ${real_c} / ${real_v}