Rosario, Martes 12 Diciembre 2017
Viernes, 17 Enero 2014

Muerte sin juicio previo a los 0800

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La osadía mía fue la de querer hacer una transferencia de dinero usando el home banking. En realidad, el error fue dejar que se me haya borrado el cuadradito del “A2”. Me explico. Opero con un banco que tuvo nombre de ciudad americana, luego otro más “standard” y ahora ostenta siglas chinas. Para transferir dinero a cualquier otra cuenta tenés que ingresar a la página tu fecha de nacimiento, tus 16 números de tarjeta de débito, los 500 de la CBU del destinatario, el motivo del pago (siempre en mayúsculas porque si no te lo anula. Lo juro) el nombre de la referencia (sic) y el monto a importar. Podrían pedir el signo del horóscopo chino, total, una raya más a la cebra… Finalmente, si hiciste todo rapidito y sin soplar, porque si no te sale el cartelito “el tiempo de su sesión ha expirado. Reintente”, el sistema te pide dos números y letras de la “tarjeta de coordenadas”. La susodicha tarjeta es un plastiquito que te otorgan cuando abrís la cuenta y que tiene, cual batalla naval, una columna de letras y otra de números. “J9”, te pide y vos cruzás las indicaciones y te da un 23. No digo más, no vaya a ser cosa que me hackeen el sistema.

A mi tarjeta de coordenadas se le dio por borrársele el cuadradito “A1” y el “A2”.  La tuve en mis manos por primera vez cuando gobernaba (es un decir) Fernando de la Rúa. Se borró. La ponés debajo de la luz solar, de la dicroica o usás la lupa que todo cincuentón posee ante la presbicia y no se ve nada. ¿Cuál es la coordenada que me pidió el banco para efectivizar la transferencia? ¡Obvio A2!

Cerré la sesión, inserté los 153.411 números requeridos entre password, tarjeta, CBU, día de la madre y demás y le di enter. “A2” insistió el sistema. Llamé a la “mesa de ayuda de mi banco” y me explicaron que el problema era que yo siempre usaba el mismo navegador y no borraba las cookies. ¿A quién se le ocurre usar siempre, pero siempre el mismo navegador?”. Dejé pasar el tonito irónico de la chica que me atendía ante mi evidente ignorancia en otra cookie que no fuera las Toddy con chips de chocolate. “Use otro navegador u otra máquina”, me diagnosticó no sin cierto fastidio.

Probé con el Mozzila. “A2”. Probé con el Chrome. “A2”, claro. Me fui a Infobae y le robé la PC a uno de los chicos de redacción. Siempre lo mismo. Me bajé un navegador distinto: el Dolphin, que cada vez que pongo el link de mi banco abre otra ventana que me recomienda una publicidad ofensiva: “Enlarge your pennis”. “A2”. Llamar a Bill Gates para que me inventara uno ad hoc me resultaba exagerado.

Me comuniqué nuevamente con la “Mesa de Ayuda” (a esta altura amerita un sic) y la misma niña de atención, antes de darme otra opción, bufó levemente como signo de cansancio ante tamaña ignorancia de su interlocutor, o sea yo. “Vaya a un cajero automático y vincule su celular con la cuenta. En vez de la tarjeta de coordenadas le van a mandar por mensaje de texto, cada vez que quiera transferir, un código especial”. Cortó ella antes que yo dijera gracias.

A esta altura llevaba 36 horas para el pago de mis expensas. Uno sabe que puede olvidarse de su propia fecha de casamiento, de la última vez que habló Cristina o de la renuncia del algún funcionario de energía ante los cortes de luz. Pero de las expensas… Fui al cajero. Cuando apareció el menú de opciones hice clic en la que dice “vincular celular”. Allí me pidió mi fecha de nacimiento (¡qué obsesión con el tema!), mi número de documento y al poner el último dígito la máquina escupió mi tarjeta apareciendo en pantalla la leyenda “Usted resulta inhábil”. Varias cosas: 1) me acuerdo de mi fecha de nacimiento porque la vengo repitiendo hace casi 50 años;  2)  con el número de documento me pasa algo similar desde hace 40; 3) Inhábil, tu hermana. Sepan disculpar el exabrupto. Probé tres veces más. Nada. Cambié dos cajeros automáticos más. Igual.

Por tercera vez reconocí la voz de mi asistente de “mesa de ayuda”. “Déjeme ver”, volvió a fastidiarse. “Ahhhhhh”, casi me gritó. “Pero usted está haciendo las cosas mal. Lo veo en pantalla. Entra por ‘vincular celular’ y lo que tiene que hacer es ir a ‘otras operaciones, clave de celular’. Podría haberle explicado a ese monstruito sobrador que si lo que yo iba a hacer era vincular el celular lo lógico era apretar la tecla de “vincular celular”. Me ganó de mano y me dijo que “vincular celular” es notificar que uno tiene celular. Ajá.  Dejé pasar. Hice lo indicado y obtuve un papelito del cajero que decía: “En los próximos minutos recibirá un SMS confirmando la vinculación”. ¿Próximos minutos? ¿Cuántos? ¿Dentro del 2014? Soy ansioso, está bien. Pero después de una hora mirando mi celular como si se tratara de un lingote de oro o de un CEDIN casi inexistente llamé a la criaturita que el destino me marcó como ayudante.

Nuevo suspiro. “¿Usted tiene bloqueado el mensaje corto?”. Estoy dispuesto a jurar por la Constitución de Alberdi que esa fue la pregunta. “Hay compañías que bloquean los SMS enviados de números cortos. Y el que usted tiene que recibir viene de uno de esos. Llame a la empresa y pidan que le desbloqueen el sistema corto. Si no, jamás recibirá el mensaje para operar transferencias”. Un mundo de preguntas me invadió en un instante: ¿Yo tengo el sistema o lo que sea corto? ¿Yo tengo que llamar y seguir perdiendo el tiempo? ¿Por qué no me lo dijiste antes? ¿Qué hice yo para merecer esto? ¿No estaría bien insultarte?

Arriando todas mis banderas de dignidad llamé a mi compañía de teléfono celular y me di de baja en el “corto”. Una infinita de metáforas me viene en este instante pero las voy a obviar. Al rato apareció mi SMS y, después de volver a abrir sesión, poner los doscientos números requeridos y recibir mi habilitación, pagué las expensas. Apenas 48 horas más tarde que me serán recordadas con los punitorios del mes que viene.

Moraleja: para que haya un sádico tiene que haber un masoquista. Empecemos por reconocernos, usuarios de servicios públicos o privados, sistemas pagos, emergencias, compañías de electricidad, teléfonos y lo que sea: es impúdico el maltrato que recibimos. ¡Masoquistas de la Argentina, uníos!. Y, alguna vez, rebelémonos.

Post data. Esta crónica absolutamente real va escrita con especial respeto y dedicación a los que padecieron los inexplicables cortes de luz por días y días. Admiro su tolerancia, su civilidad y me solidarizo con ellos.

Luis Novaresio

Periodista en C5N, Radio 10 y Radio Dos. Columnista del diario El Ciudadano de Rosario.

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