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Domingo, 25 Agosto 2013

Octubre, el peronismo y la sucesión

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A menos que el 27 de octubre ocurra un cataclismo electoral, Cristina Fernández se irá del poder en 2015 y en la oposición sobrevendrá una polifonía de candidatos presidenciales que, necesariamente, tendrá que autodepurarse para que no termine convirtiéndose —otra vez— en un boomerang. Por encima del escenario sobrevuela el peronismo que, con su pulimentado olfato de tigre, huele el aroma de la sucesión.

El intermezzo que transcurre hacia los comicios legislativos encuentra al gobierno intentando repetir buena parte de la estrategia que encarnó desde el día después en que Néstor Kirchner fue derrotado por Francisco De Narváez en la provincia de Buenos Aires, aunque esta vez el paso del tiempo —y la ausencia del santacruceño— ponen la vara mucho más alta a la hora de lograr el objetivo.

Tras aquella debacle, el kirchnerismo se reorganizó, cerró filas, le dio mayor protagonismo al relato y movió las estanterías con proyectos y leyes que, incluso, permitieron captar la aprobación de la oposición "progresista" hasta convertirla en socia involuntaria del proyecto de la Casa Rosada.

Los idus de 2009. La asignación universal por hijo y la ley de medios fueron dos instrumentos desde los cuales el oficialismo se subió a la escalera de la recuperación gestual y práctica. La mejora de la situación económica completó los peldaños de la escalera al cielo que depositaría a la presidenta de la Nación en el 54 por ciento de los votos en 2011.

También desde el mismo momento de la derrota, el kirchnerismo pudo ser beneficiario del aquelarre de la oposición. Ese amplio abanico de liderazgos regionales hizo creer a cada uno de los protagonistas que estaba en condiciones de disputar el poder real y concreto.

Sin ideas comunes y con una competencia casi olímpica de egos y vanidades los opositores rifaron mayorías legislativas y quedaron rendidos ante la resurrección oficialista. La muerte de Kirchner determinó una ola de simpatía hacia Cristina, que lo llevó al gurú del macrismo, Jaime Durán Barba, a decir que es "imposible ganarle a una viuda".

Hoy, la realidad objetiva transita por otros senderos, diametralmente opuestos. A diferencia de 2009, no ha sido la economía sino la política la que ha propiciado la derrota del gobierno nacional, tal vez con la excepción de algunos distritos pequeños en los que la mala coyuntura regional ayudó a inclinar la balanza.

Sí pende como un castigo hacia decenas de miles de trabajadores de clase media el injusto y abusivo impuesto a las Ganancias, algo que la Casa Rosada deberá corregir en lo inmediato para intentar salir de la niebla en que quedó luego del 11 de agosto.

Cristina por doquier. La excesiva centralidad presidencial a la hora de la comunicación, la existencia de un gabinete que pocas veces opera como salvaguarda y el siempre bullanguero estilo confrontativo —que en otros tiempos pareció acorde a lo que se demandaba—, hoy se convierten en pesadas piedras en el zapato del poder.

Desde lo estrictamente político, el peronismo tiene en cancha al menos dos referencias dispuestas a liderar el poskirchnerismo, algo que hace 4 años no pudo instalarse por la debilidad de origen de De Narváez, a quien —por haber nacido en Colombia y no ser hijo de argentino—, la Constitución le prohibió taxativamente cualquier aspiración presidencial.

Sergio Massa se convirtió en mucho más que el nuevo chico de la tapa. A los 41 años, el intendente de Tigre ganó las primarias direccionando su discurso con un estilo poco confrontativo, más dispuesto a reflotar la idea germinal del nestorkirchnerismo que a tirar del mantel de todos estos diez años de gobierno. Todos los sondeos que por estas horas trascienden (aun los que no han sido publicados) indican que crece la intención de voto hacia el postulante del Frente Renovador. Se verá si es sólo efecto espuma de las primarias o si consolida y amplía en la realidad el urnazo de agosto.

La novedad relativa en el escenario peronista es Scioli, quien por primera vez en su historia política abandonó la forma suave a la hora de las declaraciones para convertirse en un boxeador que busca pegarle a Massa por debajo de la línea del cinturón. El gobernador bonaerense siente con razón que un triunfo del tigrense por diez puntos lo pondrá por primera vez a la cola en las aspiraciones por la sucesión.

Bajo emoción violenta, algunos analistas se apresuraron a informar que, el miércoles en Río Gallegos, ante empresarios y sindicalistas, Cristina iba a tirar todo su background al recipiente para ungir a Scioli como el sucesor de cara a 2015. No sucedió ni sucederá en lo inmediato.

Scioli mantuvo siempre su cuota parte de poder sobreviviendo a sus eventuales aliados. Acompañó a todos hasta el final sin ofrecer pelea a la hora de supervivir. Así fue con Carlos Menem, a quien visitó hasta en la cárcel domiciliaria de Don Torcuato. Así fue también en 2002, cuando renunció a su banca de diputado nacional para acompañar la breve gestión de Eduardo Duhalde. Pocos recuerdan que, incluso, el ex motonauta estuvo en la felliniana conferencia de prensa televisada desde San Luis que ofreció Adolfo Rodríguez Saá al presentar su renuncia como presidente de la Nación.

Ese estilo de supervivencia que lo hizo barrenar todas las olas huracanadas le hace pensar hoy al gobernador bonaerense que puede heredar lo mejor del kirchnerismo —como también lo piensa Massa— pero, además, que podrá quedarse en una futura gran competencia interna a presidente con el apoyo de la liga de gobernadores que reporta en la barcaza de Balcarce 50.

Con ese objetivo entre ceja y ceja, el gobernador necesita que la administración cristinista no se salga de madre y que la gobernabilidad no se transforme en un potro indomable. Se diferencia del cristinismo en algunos gestos que siguen cayendo como patadas en el hígado en la Casa Rosada, pero que no ameritan respuesta oficial porque la necesidad tiene cara de hereje: Scioli no dice "Clarín miente" y es interlocutor privilegiado en los medios del grupo.

Al margen de las escenas diarias y de los posicionamientos para las elecciones de mitad de mandato, el peronismo ya barrunta la sucesión. Como siempre, se convierte en una especie de temblor con epicentro en el justicialismo, pero que sacude a toda la política. Las consecuencias, por estos días, son imposibles de prever.

Mauricio Maronna

Jefe de la seccion Política del diario La Capital

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