Rosario, Domingo 19 Noviembre 2017
Domingo, 13 Mayo 2012

¿Vamos por todo?

Escrito por  Rogelio Alaniz / El Litoral

“Y pensar ni equivocado, para qué si igual se vive, y además, corrés el riesgo que te bauticen gil” Las cuarenta.

Cuando alguien me dice que el país está a punto de estallar, si es que ya no lo hizo, en el acto pienso dos cosas: que quien habla con esas palabras es un opositor furioso al régimen de la señora, y que desde hace ocho años, por lo menos, escucho pronósticos parecidos.

Pues bien, en las últimas semanas los rumores acerca de un estallido de la economía han crecido. A veces quiero creer que el supuesto estallido se parece a esas tormentas santafesinas que se acumulan en el cielo: negras, tenebrosas, hasta que por motivos que nadie todavía ha logrado explicar, la tempestad pasa de largo y cuando todos esperábamos una noche sacudida por rayos y centellas, nos encontramos con un día radiante de sol. A veces quiero creer eso.

A contramano de mis ilusiones, hoy se asegura que son los datos demoledores de la realidad los que anticipan el inicio del incendio. Puede ser. Puede ser, pero ojalá que no. ¿Por qué digo lo que digo? Porque nada bueno nos aguarda a los argentinos si hay un estallido de la economía, sobre todo a los argentinos que trabajamos, tenemos ingresos fijos y tratamos de vivir con un mínimo de dignidad.

A quienes con excesivo entusiasmo pronostican catástrofes y calamidades de todo tipo, les recuerdo y, en todo caso, les advierto, que las primeras víctimas de esas catástrofes y calamidades seremos nosotros. Ni la señora, ni sus encantadores hijos, ni De Vido, ni los amigotes del clan patagónico, van a tener sobresaltos significativos. Las crisis, ya se sabe, siempre las pagan los pobres, pero sobre todo las clases medias que son las que efectivamente tienen algo que perder.

Se argumentará que de nada sirve negar lo inevitable. Si marchamos alegremente hacia el abismo, nada se gana con creer que nos estamos deslizando por una agradable llanura, porque más temprano que tarde lo que nos espera es el precipicio. Puede ser. Y, además, admito que las peores profecías en los tiempos que corren pueden cumplirse. Lo que intento decir, es que las noticias que están circulando pueden ser más o menos pesimistas, pero en todos los casos lo seguro es que no hay motivos reales para festejar nada.

No quiero ser alarmista, pero sucede que estoy rodeado de alarmistas. Abro mi correo y me llueven mensajes en los que me dicen que hay que irse del país, que el gobierno en menos de una semana se mete con las cajas de seguridad de los bancos, que confisca los ahorros en dólares de las clases medias y que, a los que disponen de algunos pesitos en las cuentas corrientes o las cajas de ahorro, les van a entregar a cambio un bono que, en el mejor de los casos, lo podrán encuadrar para colgarlo con un coqueto moñito al lado de su lápida.

No tengo la menor duda de que el noventa o el noventa y cinco por ciento de lo que me dicen son exageraciones, manifestaciones histéricas de un clima de inseguridad cada vez más creciente. El problema es que con que sólo el diez o el cinco por ciento de los pronósticos sean reales, nos alcanza y nos sobra para estar en el horno.

Se sabe que las tempestades económicas en el capitalismo suelen ser inevitables, pero también se sabe que un buen piloto puede preparar a la sociedad para protegerse de las furias desatadas. Para ello hace falta cierto toque de grandeza, cierto espíritu de conciliación, capacidad moral para transmitir seguridad, confianza. Los grandes jefes de Estado inspiran fe, la certidumbre de que en el poder hay hombres y mujeres que están tratando de hacer lo mejor para todos.

Nada de eso hace la señora. La tormenta se viene y en lugar de abrir juego exaspera más las contradicciones. Ya no le alcanza con enojarse con los opositores, con ahogar a Macri y conspirar contra Scioli, su furia ahora sopla sobre la cabeza de los dirigentes sindicales y en ese clima se hace muy complicado darle confianza a la sociedad y, muy en particular, a las sensibilizadas clases medias que son las que siempre pagan los platos rotos de los gobiernos irresponsables e iracundos.

Insisto. Yo no creo que en la agenda del gobierno esté incluida la decisión de meterse con los ahorros de la clase media. Se me ocurre que sería un suicidio político y una tragedia nacional. Pero en esta Argentina que nos ha tocado vivir nunca se sabe. En el último cuarto de siglo por lo menos tres veces se han metido con los ahorros de la gente. Es decir, cada ocho o nueve años. Saquen cuentas. Los argumentos han sido siempre los mismos. Y las consecuencias también. ¿Volverán a cometer el mismo pecado? Se sabe que el hombre es el único animal en el mundo que tropieza dos veces con la misma piedra. En los microclimas de poder, sobre todo cuando ese poder está alienado, el aire se intoxica y todos suponen que respirar veneno es lo más normal del mundo. Me los imagino a los chicos de la Cámpora: “Confiscamos dólares a los gorilas, a las viejas oligarcas que esconden sus joyas en los bancos, mientras los pobres pasan hambre”. Me los imagino ansiosos, exitados, levemente histéricos, atados a las consignas fáciles y las euforias livianas, convencidos de que participan de la larga marcha o que están en Sierra Maestra dejándose crecer la barba. También imagino las consecuencias de esos disparates.

Admitamos de todos modos, que en el gobierno la sensatez, cierta sensatez primaria, sigue imponiéndose. Que no van a hacer ningún disparate y que no se van a dejar arrullar por los cantos esperpénticos de los niños irresponsables. Admitamos eso y mucho más en homenaje a nuestra tranquilidad espiritual.

Pero si fuera así, ¿por qué entones tantos rumores? ¿Insidias de la oposición? Puede ser. Mas, incluso, admitiendo las quejas de una oposición impotente, ¿por qué esos rumores persistentes acerca de los dólares? Esta semana, periodistas cercanos al oficialismo admitieron que de hecho el dólar ya esta “acorralado” ¿Prestaron atención? La palabra “corral” ya se ha impuesto en nuestro lenguaje cotidiano. No descubro la pólvora si digo que todo se inició con la palabra, Y que en política cuando una palabra se instala tarde o temprano esa palabra se cumple, a medias, de manera oblicua o diagonal, pero se cumple.

No viene al caso en esta columna ingresar en una bizantina discusión económica, pero después de haber trajinado durante más de cuarenta años alrededor de la reflexión política, equivocándome la mayoría de las veces pero acertando de vez en cuando, tengo cierta autoridad para decir que cuando algunos rumores empiezan a circular, tarde o temprano algo pasa. Asimismo, no se me escapa que ciertas maniobras económicas y financieras siempre provocan resultados o consecuencias parecidas. No se si está bien meter al dólar en un corral, no se si no es justo poner límites a la compra de dólares, pero lo que sé es que cuando un gobierno se empieza a meter con la moneda de ese modo y cuando con el dólar la distancia entre el real y el paralelo es cada vez más grande, en algún momento algo va a ocurrir y lo que ocurra no se si será bueno o malo para el gobierno, pero estoy seguro que sumará padecimientos a la gente.

Para concluir, la ecuación es clara: si el gobierno continúa en esa línea, los sobresaltos van a ser cada vez mayores; pero si se precipita hacia algunos de lo círculos del infierno, todo va a seguir siendo un poco peor. ¿Estamos atrapados? Nunca hay que perder las esperanzas, pero convengamos que no hay razones importantes para ser optimistas en un país donde a la oposición pareciera que cada día le cuesta más ejercer su rol, en un país donde la presidente supone que “ir por todo” es la gran consigna estratégica, aunque ese “ir por todo” se parezca a una blitzkrieg que amenaza arrollarnos a todos.

Y ya que estamos: ¿qué quiere decir la señora cuando se ufana o amenaza con “ir por todo”? ¿Concentrar más el poder? ¿Manejar la justicia, el poder legislativo? ¿Disponer de todas las “kajas”? ¿Controlar la prensa? ¿Asegurarse la reelección indefinida? ¿Manejar a gusto y placer las pasiones más tribales de la pobre gente? Ir por todo, ¿significa algo más de Norberto Oyarbide y Cristóbal López, una cuota de “6,7 y8”, más un recital de rock de Boudou? ¿Ir por todo, incluye algunos negocios para Hebe Bonafini y algún cargo rentado para el hijo de la señora Carlotto? ¿Ir por todo, es continuar luciendo un vestuario de 20.000 dólares y pasearse por las reuniones del G20 como si estuviera en una pasarela auspiciada por Pancho Dotto? Agrego: el gusto de ir por todo, ¿incluye el placer de ordenar en El Calafate que un avión viaje a Buenos Aires para traer los diarios? ¿O ir por todo, será acaso asegurar que la nena pueda viajar con sus amigas en el avión oficial para celebrar un cumpleaños? ¿O que el nene sea el nuevo candidato a presidente? ¿Exagero? Para nada. La exageración, la desmesura, es “ir por todo”. Lo demás viene por añadidura.

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