Rosario, Martes 21 Noviembre 2017
Domingo, 26 Mayo 2013

Luces y sombras de la década K

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En términos políticos, desde el raquítico 22,54% que cosechó Néstor Kirchner en la primera vuelta de los comicios de 2003 hasta el 54% de Cristina en 2011, transcurrieron mucho más que diez años. Aunque siempre el paso del tiempo es el más fervoroso opositor de todos los gobiernos, el kirchnerismo celebra por estas horas con todo derecho las “década ganada” como adjetivación fervorosa frente a la constelación opositora, que la contrapone en “década perdida”.

   Explicar el derrotero implica desandar relatos, contrarrelatos, manipulaciones y visiones parcializadas por el sitio político del sujeto emisor —oficialista u opositor—, máxime cuando el ingreso al último tramo del gobierno de Cristina Fernández está tallado por trincheras que, casi siempre, escapan del sentido común.

   Tres columnas económicas sostienen el firmamento kirchnerista desde que Néstor Kirchner asumió la Presidencia de la Nación: ocupación, salario y empleo. El indudable crecimiento de esas variables tras la humeante bisagra del 2001, operó como un cautivante electoral no sólo en los sectores de bajos recursos —siempre más dependientes de la acción del Estado y de los gobiernos— sino también en amplios sectores de la clase media.

   Ningún relato se establece y se desarrolla con éxito sin un contenido empírico y sustentado en la economía. En ese punto, debe decirse que Kirchner combinó una primera etapa de políticas populistas sin perder jamás de vista a algunos indicadores que hoy parecen haber sido arrojados al océano: dólar y estabilidad fiscal.

   Como escribió Walter Curia en su libro “Kirchner, el último peronista” —el mejor retrato impreso del ex jefe del Estado—, Néstor era el presidente de las consignas al límite en la tribuna y el del atril feroz, y a la vez el mandatario pragmático e incluso componedor. “No escuchen lo que digo, miren lo que hago”, era una de sus frases de cabecera cuando los interlocutores esbozaban alguna rémora de aquella brutal descripción de Mirtha Legrand: “Se viene el zurdaje”.

   Kirchner interpretó al dedillo la inminencia de los nuevos tiempos en una sociedad que estaba harta —y con los bolsillos flaquísimos— de la experiencia de la Alianza, las recetas ortodoxas y la palabra “ajuste” repetida como un mantra. Ese mix de discurso progre con políticas macroeconómicas parcialmente ortodoxas fue recibida, incluso, con simpatía y aceptación pragmática por los empresarios y las corporaciones hoy denostadas por la fase cristinista del “proyecto”.

   Fue en los tiempos previos a la crisis con el campo cuando el hoy diado Clarín le regalaba tapas embelesadas a la Casa Rosada, años en los que Héctor Magnetto tenía un fluido ida y vuelta con Kirchner, siempre con Alberto Fernández como eficaz abrepuertas. El kirchnerismo sedujo hasta el paroxismo a hombres de negocios que seguían cumpliendo buenas faenas, esta vez con un toque cool que llegaba de la mano del discurso nac & pop. Hasta empresarios pegados como una ventosa al estilo noventista admitieron el deseo de “darse una ducha de izquierda”, como lo blanqueó en los primeros años K, el titular del Malba, Eduardo Costantini.

   La construcción política ensayada en el amanecer del kirchnerismo engarzaba transversalidades y nuevos paradigmas como señal de alerta al PJ y a la UCR de que el nuevo escenario había llegado para quedarse.

   La composición de la Corte Suprema con hombres probos, el impulso a los juicios contra los represores de la dictadura, el acercamiento a Venezuela y al progresismo cultural —que hasta ese momento había militado como contracultura desde afuera del poder— fueron guirnaldas que Néstor colocó en un arbolito que finalmente se transformó en árbol.

   Con el país creciendo al 9% y las clases medias consumiendo como en los tiempos del noventismo más dorado, las mayorías sociales no tenían tiempo ni oídos para escuchar malas noticias ni las primeras sospechas sobre un estilo político contracturado y férreo. Por ese mar calmo, Cristina asumió la Presidencia de manos de su marido. Esas aguas que luego levantarían olas por la crisis con el campo. El voto no positivo de Julio Cobos le asestaba la primera derrota seria al kirchnerismo, que luego se prolongaría en los comicios legislativos de 2009.

   La debacle electoral no logró que el oficialismo ponga la otra mejilla. Por el contrario, puede sindicarse como el inicio de una fase ofensiva que muestra sus garras hasta el día de hoy, con períodos de hegemonía absoluta (el 54% de 2011) o con postales de un clima de rebelión (la pérdida del control de la calle y las actuales denuncias por corrupción).

   La muerte de Kirchner maximizó lo que algunos voceaban: la fase más dura del proyecto, mencionada desde las usinas de Balcarce 50 como “la profundización del modelo”. Sin embargo, a largo plazo, el fallecimiento del líder santacruceño impidió en la práctica la continuidad del proyecto a 20 años, como alguna vez lo admitió el propio Néstor. La biología abrió una instancia que la ineficacia opositora —lábil y livianita como una pluma— nunca hubiese podido resolver.

   Pero, para llegar a la estación del 54% de los votos, Cristina no dudó en la campaña electoral a la hora de mostrar un estilo componedor, mesurado, que hasta parlamentaba de tú a tú con la vida doméstica de Mauricio Macri. Un cuadro de situación que se complementaba con la elección de un vicepresidente de la Nación que tocaba la guitarrita y dejaba ver sus pelos al viento motado en una Harley-Davidson.

   Las denuncias por el escandaloso caso Ciccone bloquearon el ascenso —hasta entonces irresistible— de Amado Boudou, quien pasó a ser el blanco elegido de los opositores y del periodismo de investigación. En el medio también fue cambiando la economía: las tasas chinas se convirtieron en un recuerdo, el gobierno maximizó los controles, el dólar volvió a presentarse como el hecho maldito y la inflación real —con el Indec intervenido— dio señales más concretas de haberse convertido en un potro indomable.

   Hoy, las denuncias de corrupción son más escuchadas que nunca en estos diez años. Una señal de que la economía genera ruidos que hasta aquí no provocaba. Hoy también, el gobierno, con su dudosa reforma judicial, parece obligado a poner límites a aquella estupenda decisión de airear a la Justicia. En el horizonte inmediato está la sucesión no resuelta de la presidenta.

   Esos nubarrones que de vez en vez se posan sobre el kirchnerismo nunca se convierten en tormenta por la ausencia de oposición firme, alternativa y a la altura de las circunstancias. Esa debacle opositora también ha sido una constante de toda la década K, incluso hoy, con las elecciones legislativas a la vuelta de la esquina y con el kirchnerismo celebrando con razón.

Mauricio Maronna

Jefe de la seccion Política del diario La Capital

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