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Martes, 14 Mayo 2013

Política y teoría de los tres tercios

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Con el decreto de convocatoria a elecciones, comenzó formalmente el proceso que decidirá —el 27 de octubre— el destino del gobierno nacional tal como se lo conoce hoy. Pero no es lo único que se resolverá el último domingo del antepenúltimo mes del año: los comicios legislativos devolverán un espejo en el cual se deberán mirar todos los actores de la política argentina. Para ponerle la lupa a la realidad preelectoral, no está de más ensayar en el aquí y ahora un análisis coyuntural, pero a la vez abarcativo, de lo que, en el contexto, se mensura como la teoría de los tres tercios.

Uno de los hechos políticos concretos desde la irrupción de Néstor Kirchner en la escena nacional —cuando el país se columpiaba entre el "que se vayan todos" y el asambleísmo popular — es que ese espacio novedoso en la arena de la política de hace diez años, hoy tiene un núcleo duro considerable e importante que talla por sí solo. Los estudios más serios lo ubican en un aproximado 33 por ciento de núcleo duro, porcentaje que podría extenderse o reducirse según quién sea el sujeto emisor. Nunca son exactos este tipo de estimaciones, pero sirven en su globalidad para graficar percepciones.

Si se toma en cuenta que Kirchner hizo su debut en la marquesina con un 22 por ciento de adhesiones en 2003, que lo ubicaron detrás de Carlos Menem, el porcentaje es significativo. Ese vector apoya al "modelo" sin ambages, respalda la continuidad de Cristina en el poder pero, además —y esto es lo significativo—, votará a cualquier delfín que la presidenta pueda ungir para la elecciones presidenciales de 2015 si es que la reforma constitucional encuentra su frontón en los próximas comicios de mitad de mandato.

La torta conjetural que grafica los escenarios de la realidad deja ver también un 33 por ciento de antikirchnerismo puro y duro. Ese tercio que reprueba a Cristina en cualquiera de sus variantes es el que se moviliza cada vez que llega un cacerolazo, el que habita mayoritariamente en centros densamente poblados y el que ganó la batalla en las redes sociales.

El tercio restante es más grueso y el que decide quién se va y quién se queda; quién gana y quien pierde. Es un trazo grueso de la población no embanderada políticamente ni con el kirchnerismo ni con ningún otro ismo. Esa franja votó mayoritariamente a Cristina en 2011 y pintó con su voluntad el 54 por ciento. Son los que observan. Los que inclinan el escrutinio. El fiel de la balanza.

El dato nuevo que dejó el 2012 y con el que arrancó el 2013 es que el gobierno perdió el control ruidoso de la calle, ese que lo tuvo como protagonista hegemónico desde 2003 con la salvedad del interregno producido por la crisis con el campo. Sin embargo, dicho esto, debe sostenerse que la capacidad de movilización del antikirchnerismo más visceral no es per se sinónimo de predominio electoral. "Es un indicio de la intensidad de los sentimientos de la gente que se vuelca a ella, pero no tanto de la cantidad de ciudadanos que sostienen esos sentimientos", sostiene el sociólogo Manuel Mora y Araujo. Las elecciones, al fin, no se ganan en la calle, aunque la "intensidad" marca un cambio de humor.

El tercio que abona al antikirchnerismo contiene en su interior el gran intríngulis. No abreva allí ningún liderazgo. Las voluntades se dividen entre quienes fueron votantes del FAP, el PRO, la UCR, el justicialismo disidente y los partidos de izquierda, entre otros. Esa dispersión produjo un tajo inédito entre el primero y el segundo en las últimas elecciones presidenciales. Ese abanico espeja los 37 puntos de diferencia que hubo entre Cristina y Binner.

Con los riesgos que implica adentrarse en el terreno fáctico de las probabilidades, debe decirse también que el desafío de los opositores será penetrar en ese 40 por ciento de la sociedad que fluctúa y no apuesta a la identificación permanente con el kirchnerismo, aunque una porción importante lo haya votado hace dos años. Será, también, el sector a seducir por Daniel Scioli, si es que rompe lo que hoy parece ser un momento de placebo o efigie.

Al margen de la configuración de los escenarios, la semana que termina mostró cambios y continuidades en la Casa Rosada. El blanqueo fiscal masivo para dinero y bienes no declarados mostró que la necesidad tiene cara de hereje hasta para introducirse en el ideologizado y duro relato kirchnerista. El 25 de mayo de 2003, Kirchner prometió en su discurso de asunción "traje a rayas para los evasores", algo que se da de bruces con el proyecto enviado al Parlamento.

La necesidad de fondos frescos para hidratar las resecas cuentas públicas muestra el foco en la economía. Las señales de alerta deberán ser puestas en retirada por el gobierno para mantener en el redil a esa gran masa de voto independiente que supo atraer con la reelección de Cristina. Bien podrían haber utilizado Hernán Lorenzino, Axel Kicillof, Guillermo Moreno, Mercedes Marcó del Pont o Ricardo Echegaray la frase que Antonio Bonfatti adoptó para intentar equilibrar las cuentas en Santa Fe: "Estamos rascando la olla".

De lo que no se alejará un ápice el gobierno nacional es de su estrategia de "ir por todo" en las periódicas batallas que tomó como culturales y definitorias. Optando por el oximoron de defenderse a puro ataque, sistema que adoptó como leit motiv desde el voto no positivo de Julio Cobos por la conflictiva resolución 125. La reforma judicial y el proyecto de expropiación del 24 por ciento de las acciones de Papel Prensa, serían la antesala de una decisión en ciernes sobre una intervención a Clarín.

Las elecciones de octubre próximo serán entonces para la presidenta doblemente clave. Además de ir en busca de una victoria que le permita alumbrar algún sueño de eternidad, la elección de consejeros de la Magistratura le permitirá jugar con una lista unificada en todos los distritos del país. Una especie de cancha inclinada que le hará muy difícil el tránsito a la diversificada oposición, a menos que la Corte resuelva la inconstitucionalidad de algunas de las leyes.

En la vereda antikirchnerista sólo la UCR y el PRO podrían presentar nóminas a lo largo y a lo ancho del país. Por estas horas, el justicialismo disidente intenta crear una Confederación de Partidos que lo habilite a dar batalla. Aunque sea por un voto, el que gane la elección a consejeros se quedará con las mayorías necesarias para designar o sancionar a los jueces, los grandes protagonistas de los tiempos inmediatos.

Blanco o negro, a todo o nada. Así juega el kirchnerismo gobernante desde 2003. Fuerza el reglamento, extrema las tensiones y saca réditos de la división. Sus cartas están en la mesa desde hace diez años. Aún falta dilucidar qué juego es el jugará la oposición. Las cartas que mostró hasta ahora no le permite soñar con demasiados laureles.

Mauricio Maronna

Jefe de la seccion Política del diario La Capital

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