Rosario, Sábado 18 Noviembre 2017
Miércoles, 24 Abril 2013

Traigan votos, que cacerolas sobran

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La trilogía de las multitudinarias movilizaciones contra las políticas del gobierno (13S, 8N y 18A) obliga a una pregunta obligada: ¿y ahora qué? La respuesta debería venir del lado de la oposición.

Las elecciones no se ganan en el Monumento a la Bandera, en el Obelisco o en Callao y Santa Fe. Las elecciones se ganan en las urnas con proyectos alternativos y con vocación de poder. Y eso es lo que hoy carece la constelación de dirigentes antikirchneristas. Están a tiempo de enderezar la nave, pero ese tiempo no es mucho.

El jueves 18 de abril mostró el perfecto contraluz entre la práctica del pragmatismo surgido del número y el reclamo popular aparecido ante la falta de respuestas empíricas de la oposición. Ese día, al tiempo que decenas de miles de personas volvían a ganar las calles —ese escenario perdido por el gobierno— reclamando Justicia independiente, el Congreso de la Nación le daba media sanción a la intempestiva reforma judicial.

Se demostraron allí dos cuestiones. La primera es que para el kirchnerismo alojado en Balcarce 50 la mejor defensa sigue siendo un buen ataque. La segunda lección tiene que ver con la forma extraordinaria de dilapidación de poder que llevó adelante (o hacia atrás) la oposición desde que en 2009 ganó la mayoría de los votos.

Lo entendieron, rápidos de reflejos, quienes esa misma noche del 18 de abril decidieron tomarse su tiempo antes de regresar a sus hogares e hicieron del Congreso de la Nación el ícono del reclamo final. Es allí, en ese ámbito, donde se dirimirán los proyectos para definir mucho más que el futuro de la reforma judicial.

Se ha expresado en esta misma columna el domingo pasado que Cristina les envía un mensaje a los jueces: si avanza la modificación al sistema de elección del Consejo de la Magistratura, los magistrados dependerán para supervivir de la buena sintonía con el poder central. Deberán elegirse tres consejeros por los abogados, tres por los jueces y seis por los académicos bajo el sistema perinola: la boleta que gana se lleva todo.

Las marchas del 18A tuvieron menos cacerolas y más contenido institucional. Aquel derrotero inabarcable de demandas —que iban desde el cepo cambiario hasta el no a la reforma constitucional— ahora se plantó en tres o cuatro ejes.

El repudio a la corrupción (eran imposibles de contar los carteles que hablaban del crecimiento patrimonial de los Kirchner), el reclamo por jueces justos y la inseguridad constituyeron la tríada preferida.

Sin embargo, debe decirse que la metodología de la movilización casi permanente va mostrando señales de agotamiento. Muchos —muchísimos— de los manifestantes que se dieron cita en el Monumento a la Bandera se permitían por un momento dejar de lado los reproches hacia la presidenta de la Nación y los dirigentes más icónicos del oficialismo para ensayar las dudas en forma de interrogante: "Y ahora qué?".

Si los opositores no sacan a la luz una táctica y una estrategia posterior que impida la bifurcación en la que cayeron en las elecciones de 2011, el kirchnerismo seguirá convertido en primera minoría. Y es aquí en donde se impone con toda fuerza el error no forzado en el que parecen caer los anti K.

De acuerdo a los aprontes, las negociaciones y los acuerdos hasta ahora frustrados, una vez más, como en la anterior parada electoral, la oposición va camino a no usufructuar los beneficios que traería el pleno uso de las primarias obligatorias.

En lugar de buscar fortalecer a un par de candidatos que saldrían fortalecidos de las compulsas internas, convirtiéndolos en figuras, cada postulante pretende llegar como figurita a la instancia final del 27 de octubre.

Así, la lectura del día después podría asomar (con todos los riesgos que implica hacer pronósticos en la política argentina) con un triunfo del socialismo en Santa Fe, del PRO en ciudad de Buenos Aires, de la UCR en Mendoza y del justicialismo disidente en Córdoba. Si el kirchnerismo triunfa en las provincias chicas del norte y del sur, la provincia de Buenos Aires se convertirá en el fiel de la balanza.

En el principal distrito del país la oposición tiene severísimos inconvenientes para hacer pie. No sólo debe luchar contra una sólida estructura de aparato oficial (provincial, nacional y municipal) sino que sus propios mini-referentes parecen ensayar ritos interminables en sus hogueras de vanidades.

Así, si bien en los comicios pasados la UCR cerró filas con Francisco De Narváez, ahora dice que no, que la opción es el "progresismo". Pero en el FAP, Margarita Stolbizer se pregunta cuál es el beneficio de dejarles a los radicales lugares valiosísimos en las listas. Por otro lado, Macri y De Narváez comparten el perfil electoral pero se niegan a acordar antes del último minuto. Es más, cuentan los que conocen al dedillos las intimidades, que ambos comparten el mismo gimnasio, pero que ni siquiera se saludan, evitan cruzarse.

Esa unidad de criterio que el 46 por ciento de la sociedad que no votó a Cristina muestra en las calles a la hora de protestar contra el gobierno no tiene demasiado correlato en la acción política de los opositores. Con un agravante: la marcha a la que convocó la oposición el martes pasado en el Palacio de Justicia estuvo raleada de ciudadanos comunes.

Tras 10 años de gobiernos intensos, con un relato duro y cierto desgaste que se empieza a notar, el kirchnerismo —el gobierno— es lo que se ve. Allí siempre se redobla la apuesta, se va por todo. El oficialismo hace prueba y error de cuestiones que, en otros tiempos, no sucedían.

Intrusos en la política. La saga de excentricidad en la que eligió derivar el núcleo duro del gobierno las denuncias contra Lázaro Báez (fulminado por un par de excéntricos buscas y mucho más) no hizo otra cosa que amplificar hasta el paroxismo episodios que huelen mal y que, por una vez, se salieron del estudio en el que graba su programa Jorge Lanata. Como patético correlato, la Justicia demoró casi cuatro días en buscar las pruebas del delito denunciado.

Ese escenario de reforma judicial de objetivo dudoso, mixturado con acusaciones de lavado de dinero, fueron otro fabuloso caldo de cultivo para las masivas movilizaciones del 18A. Pero el tiempo es veloz: las elecciones se ganan con votos, no con cacerolas. Y eso será el 27O.

En el inconsciente de muchos de los que marcharon el jueves pasado había una pancarta imaginaria: se busca líder opositor. La respuesta sigue flotando en el viento.

Mauricio Maronna

Jefe de la seccion Política del diario La Capital

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