Rosario, Sábado 22 Septiembre 2018
Miércoles, 13 Febrero 2013

Timerman debería ir más al cine

Escrito por 

¿Habrá visto el canciller la película Lincoln de Steven Spielberg? Debería.

En los tiempos en donde se discute un “Memorando de entendimiento” (sic) entre nuestro país y la República Islámica de Irán para “avanzar” en el juicio contra los terroristas que volaron la AMIA, algunos pasajes de esta nueva joya del director de ETpodrían llevarlo a reflexiones interesantes. El personaje que recrea al dos veces presidente de los Estados Unidos, el mismo que cabalgó íntegramente la guerra entre los estados del Norte y del Sur y,  en medio de eso, abolió la esclavitud, se pregunta si cualquier  fin deseado justifica un medio sin escrúpulos o si hay principios elementales como la libertad, la igualdad ante la ley y la justicia, que prevalecen sobre la costumbre de agachadas o gambetas “non sanctas” propias del día a día del quehacer político.

Hasta el momento de escribir esta crónica no hay un solo documento oficial del gobierno iraní que garantice que todos los imputados en la causa AMIA van a ser indagados. El memorando, antes que nada, no lo especifica. La laxitud y las lagunas de sus términos es propia de un acuerdo de café de amigos y no de dos naciones comprometidas en la verdad. Con eso, bastaría para cerrar la discusión. Sin embargo hay más.

El derecho iraní da protección jurídica para que no se someta a juicio a un secretario de Estado. ¿Sabe la Cancillería y los senadores y diputados que van a tratar el tema algo del código procesal de ese país? Si no alcanzara con esto, la conducta posterior de las partes ayuda a terminar el paisaje.  Nadie puede contradecir lo dicho por el vocero de la cancillería de la ex Persia que dijo que el ministro Ahmad Vahidi, prófugo de la Justicia argentina, no va a ser interrogado. Vahidi está sospechado de pensar la voladura de la mutual judía y es el mismo que salió a las corridas de Boliviacuando vino en visita de Estado y casi es detenido por su captura internacional. Querer torcer ese hecho por una supuesta declaración del ministro de Exteriores iraní desde Moscú tropieza (negro sobre blanco, no dice nada) con la versión lanzada también hoy por la agencia de Estado de ese país que dice que los propios israelíes atentaron contra la AMIA.

¿Entonces? Que es muy probable que los obedientes senadores y diputados del oficialismo y paraoficialismo levanten la mano aprobando: 1) que se le puede creer a un gobierno que por casi cuatro lustros impidió la justicia para los familiares de 85 muertos argentinos; 2) que aun así es dable pensar que un juez argentino por sí o por su representante va a ir lo más campante  a Teherán a interrogar a los presuntos autores del atentado; 3) que ese mismo juez va a poder detener, si lo considera oportuno, allí mismo en tierra iraní a todos o alguno de los imputados y que el “democrático” regimen de Ahjmadinejad lo va a permitir; 4) que todo esto es  posible aunque un vocero de la Cancillería diga con todas las letras que con el ministro Vahidi no se pueden meter y su jefe el canciller no pueda desmentirlo tajantemente; 5) que tal escenario de un país de maravillas sostiene todavía hoy que los judíos autoatentaron su  mutual.

Vale la pena recordar que el canciller impulsa un acuerdo, que puede ser un tratado con consecuencias irremediables si lo aprueba el Congreso -como con precisión apuntó el siempre lúcido Dante Caputo- con una nación que sigue despreciando (y hasta lapidando) a las mujeres, tortura a sus presos, encarcela a los homosexuales,  persigue a los disidentes y que aún duda del mayor genocidio del siglo XX. ¿Cuenta esto a la luz de un gobierno que se siente el reivindicador en estas tierras de los derechos humanos? ¿Pesa algo para quien remarca día a día desde un atril la igualdad entre todos y todas?

Daniel Day Lewis, en la piel del Lincoln de Spielberg, dice algo más o menos así cuando habla de su deseo de abolición de la esclavitud: Siempre creí en este mandato de la justicia y no hay ni siquiera una guerra de por medio que haga que tuerza mi deseo de concretarla. Aquí, gracias al Universo, no hay guerra. Sí 85 muertos y millones de argentinos de buena leche que esperan que la memoria, la verdad y la justicia no sean manipuladas a gusto y necesidad de algún político. Que valgan para nuestra espantosa dictadura de los ’70 y ’80 y para los gobiernos autoritarios de ahora. O, dicho directamente, esperamos que  un fin inexplicable no justifique cualquier medio vergonzante.

Luis Novaresio

Periodista en C5N, Radio 10 y Radio Dos. Columnista del diario El Ciudadano de Rosario.

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