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Domingo, 11 Noviembre 2012

El ejemplo de la clase media

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Gruesas franjas de las clases medias hicieron por sí solas lo que la oposición no supo o no quiso: ganar la calle para expresar su notorio disconformismo con el gobierno nacional.

Tras esa primera lectura, debe decirse que lo que aún no está definido en la realidad es si esas tupidas movilizaciones que cacerolearon el 8N estuvieron integradas exclusivamente por quienes no votaron en octubre del 2011 a Cristina Fernández o si, además, lograron captar alguna porción de voluntad desencantada con lo que hizo la presidenta desde hace un año hasta hoy.

El dato no es menor ni neutro y constituye el desafío que tiene por delante la oposición, no ya los organizadores on line de las marchas. Para evitar la reforma constitucional y el destino de eternidad cristinista, los candidatos anti K deberán en el 2013 captar buena parte de los sufragios que engrosaron el 54 por ciento; de lo contrario, será como cazar leones en un zoológico.

En marcha. El 8N fue masivo, ordenado. y con una composición mayoritaria de clase media. Todos los procesos políticos argentinos fueron dinamizados por las clases medias, hoy el 50 por ciento de la población. Por eso no se entendió ni se entenderá nunca la demonización hacia esa composición social que ensayó el kirchnerismo el día posterior al 13 de septiembre cuando el jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina la comparó con una pléyade más cercana a los gusanos de Miami que a los compatriotas de San Juan. Aquella descalificadora boutade del funcionario recalentó y acicateó los ánimos, al punto de convertirse en plataforma de lanzamiento para la parada del jueves pasado.

Lo que más sorprende del heterogéneo consignismo que se plantó en el Monumento a la Bandera y en otros enclaves del país es que esta vez la política económica y sus meandros apenas bordearon los reclamos, como dándole un cachetazo inédito al latiguillo que indica que la clase media sólo se moviliza cuando le tocan el bolsillo.

La larga lista de peticiones fue encabezada por el rechazo a la reforma constitucional, la inseguridad y la corrupción, aunque siempre salcondimentado por las ironías (esta vez sin insultos) al estilo de gobernar el país que lleva adelante la presidenta. Ninguna de las objeciones que las multitudes le hicieron a Cristina son de cumplimiento imposible. Es más, durante la campaña presidencial del 2011, la jefa del Estado alivianó su discurso hasta límites insospechados para ganar el aval de esos mismos sectores que antes se quejaban de la "crispación".

Otro tiempo. Aquellos eran los tiempos en que Amado Boudou aparecía como un prototipo de juventud, con sus pelos al viento a bordo de la Harley Davidson, acompañado por su novia bonita. La misma época en que Cristina blanqueaba públicamente sus charlas telefónicas con Mauricio Macri, repletas de ironías suaves y buena vecindad. "No fueron pocos los que me preguntaron si (Jaime) Durán Barba estaba trabajando para la campaña de Cristina, aquello parecía una estrategia nuestra, del PRO. Sólo le faltaban los globitos", dijo el jefe de Gobierno porteño a LaCapital tras un encuentro en el Centro Municipal de Diseño, en el barrio de Barracas.

¿Qué habrá llevado a Cristina a cambiar radicalmente su discurso y su acción, máxime cuando el 54 por ciento de los votos constituía una formidable puerta de acceso hacia un horizonte sin nubes y con pronóstico a favor? Inmediatamente después del 23 de octubre apareció el leit motiv que caló en determinados sectores como una amenaza de eternidad: el ya mítico "ir por todo".

Sin alternativa. En cualquiera de las fases cristinistas (la del aterrizaje suave y la prepotente), la oposición estaba mirando otro canal. Nunca pudieron los dirigentes que transitaban y transitan la vereda anti K ofrecerse como alternativa sólida y creíble al plan de acción desarrollado por el kirchnerismo. Una exuberante puesta en escena del "relato" a la hora de imponer la agenda terminó por confundir a la endeble mácula opositora.

El gobierno entendió con lógica que sólo se trataba de correrle cada vez más el arco a la progresía partidaria y legislativa para introducirla en un brete mayúsculo. Los ejemplos son empíricos: la ley de medios, el traspaso de las AFJP, y las estatizaciones de Aerolíneas e YPF contaron con la ingenua aquiescencia del socialismo y sus socios fapistas y, en algunos casos, también de los radicales.

Esa relación tan funcional al gobierno fue abriendo aún más grietas entre los sectores sociales disconformes con la Casa Rosada y la oposición institucional. Por ese vacío de representación salió a la cancha el 13S. El mantenimiento de la flojera opositora puso en práctica el 8N. Debe decirse que si hubiera en la realidad un liderazgo alternativo sólido al proyecto kirchnerista ninguna de las dos fechas habría tenido razón de ser.

Por adentro. Recorrer de punta a punta la manifestación del jueves en la zona del Monumento a la Bandera constituyó la mejor manera de entender esta realidad. Los rosarinos que concurrieron allí sin pertenencia política alguna manifestaban la sensación de que el gobierno se lleva puesto a los dirigentes opositores toda vez que se lo propone. De hecho, no se vio en el acto a casi ningún dirigente de la primera línea santafesina. Cuenta la historia que una concejal que quiso adquirir algún grado de protagonismo fue invitada a permanecer al margen del epicentro de las demandas.

Sin embargo, por más contundente que hayan sido las marchas (que en verdad lo fueron), se aproxima más que nunca el tiempo en que la política debe dar las respuestas que la sociedad necesita. Si la oposición repite el esquema de priorizar vanidades y figuritas por sobre el armado de una estrategia inteligente y competitiva, le estará dando otra vez a Cristina la posibilidad de repetir el cristinazo de octubre de 2011.

Si desde el gobierno nacional comprenden los beneficios recibidos por el tono de la última campaña —y no apuestan al bumerán de la teoría ensayada por Abal Medina— no sería descabellado bosquejar la posibilidad de una nueva recuperación de determinado consenso perdido no hace demasiado tiempo.

Sea como fuere, es el tiempo de que la política real y concreta se ocupe de estar a la misma altura del capítulo que se escribió con buena letra el 8N.

Mauricio Maronna

Jefe de la seccion Política del diario La Capital

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