Rosario, Viernes 24 Noviembre 2017
Miércoles, 19 Octubre 2011

¿Indignados con qué?

La calificación de “indignados” abarca actualmente a grupos heterogéneos que se manifiestas en todo el planeta. Sin embargo, la denominación común no significa que la motivación que los inspira sea la misma.
Hay una curiosa tendencia por parte de los medios masivos de comunicación de varios puntos del globo por aglutinar a casi todas las protestas sociales pacíficas actuales bajo el rótulo de “indignados”. Se tergiversan entonces las protestas surgidas actualmente en el mundo islámico con aquellas que son producto de la crisis económica y financiera que se extiende por los países más desarrollados de Occidente desde 2008. De esta manera, los componentes diversos, las particularidades, lo doméstico de cada expresión social de indignación se diluye, y se comienza a construir la idea de un peligroso e ingobernable movimiento global.
Es menester recordar entonces que el original movimiento de indignados, denominado 15-M, se expresó por primera vez en plazas de numerosas ciudades de España a partir del 15 de mayo de 2011 -de allí su nombre- con una serie de protestas pacíficas en todo el país. Su intención era promover una democracia más participativa, alejada del dominio de bancos y corporaciones, reclamando además una auténtica división en el ejercicio del poder político y otras medidas para mejorar el sistema democrático y alejarse del bipartidismo encarnado por el Partido Socialista y el Partido Popular. El bipartidismo español es percibido por buena parte de la ciudadanía como garante de los grupos de poder económico y financiero que llevaron a la actual crisis, que se traduce -entre otras cosas- en la mayor tasa de desempleo de su historia. Puede advertirse sin embargo, que este movimiento tiene vertientes distintas, de distintos tintes: de tintes políticos, de tintes económicos, de tintes sociales y hasta de tintes culturales. Las consignas del movimiento así lo evidenciaban.
Pero así como posee vertientes diversas, también cuenta con rasgos característicos, como por ejemplo, el tratarse de un movimiento sin filiación partidaria ni sindical, pacífico y horizontal. No debe soslayarse otro factor común, a saber, el uso de las redes sociales como vehículo de las convocatorias, que pone de relieve su carácter instrumental.
Actualmente, el movimiento se organiza a través de asambleas populares abiertas celebradas generalmente en plazas o parques y se está estructura en diversas comisiones (legal, comunicación, acción, actividades, barrios, estatal e internacional, información, infraestructuras, lenguas de signos, etc.) y grupos de trabajo (cultura, educación, política, economía, ambiente, trabajo social, género, ciencia y tecnología, diálogo interreligioso, migración, pensamiento, etc.). Dicho en otros términos, se está institucionalizando, con lo cual deja de lado la espontaneidad inicial en pos de la apertura de canales de participación ciudadana permanentes con mayores posibilidades de articular los cambios reclamados.
Este movimiento de indignados españoles se diseminó como ejemplo por varias de las ciudades más importantes de Occidente, alcanzando Londres, Roma, París y Nueva York, entre otras. El impacto que produjo especialmente en Wall Street, corazón del mundo financiero, resulta notable, porque por primera vez la ciudadanía estadounidense cuestiona abiertamente al capitalismo financiero en un país que lo ha defendido aún más allá de lo razonable.
Los indignados Occidentales surgen como la respuesta espontánea de los pueblos de aquellos países desarrollados que ya no están dispuestos a asumir en silencio el pago de los platos rotos del salvajismo del capitalismo financiero y que se permite cuestionar al Estado que actúa como rueda de auxilio de ese capitalismo financiero en vez de hacerlo con la sociedad. En algunos sitios se cuestiona al Estado de Bienestar que muchas veces utiliza los fondos públicos sin el debido control. En casi todos lados, se cuestiona al liberalismo -en cualquiera de sus variantes-, ideología dominante desde la caída del bloque comunista a comienzos de los años '90, que postuló al libre mercado irrestricto como única posibilidad de crecimiento económico.
Dos reflexiones a propósito de lo dicho. La primera es que el capitalismo, como sistema económico ambiental es, por el momento, irrefutable. Pero es mentira que no deba ni pueda controlarse y que no pueda obtenerse de él una veta más humanitaria. El capitalismo debe estar al servicios de los seres humanos y no al revés. La institución encargada de ejercer ese control es el Estado, un Estado que debe responder a la sociedad a la que representa en su conjunto y no a una élite de privilegiados. La segunda, es que desde el punto de vista ideológico-político, ha caído la careta de aquel liberalismo que solamente defiende la libertad de mercado postergando las libertades individuales y sociales, que reclama el auxilio estatal sólo cuando le conviene y que promueve el Estado ultramínimo para que no interfiera con los intereses de los grandes grupos de poder económico-financiero. Hace ya mucho tiempo que el liberalismo se olvidó del valor que lo fundó, la libertad, para ocuparse de otros valores secundarios que terminan por avasallar esa libertad, como lo son la seguridad y el orden. Dicho de otra manera y, pensando en los clásicos valores occidentales, la libertad, la igualdad y la solidaridad deben aplicarse a los seres humanos concretos y no a etéreos grupos de poder económicos y financieros. Tomando la idea de George Orwell, se trata de desalentar un mundo donde todos sean iguales pero existan algunos “más iguales” que otros.
Los indignados del mundo islámico tienen relativamente poco que ver con estos reclamos. Porque parten de un estado de situación anterior. Porque en esas sociedades priman sistemas políticos represivos con fachadas democráticas cuyo objetivo es sostener a los grupos privilegiados tradicionales. Podrá discutirse que, en última instancia, los poderes económicos y financieros que subyacen en los Estados Unidos, Italia, Egipto y Yemen son o no los mismos. Pero está claro que en los Estados Unidos y en Italia se ejerce una democracia plena y no sucede lo mismo en Egipto y Yemen. Democracia plena no significa sin dificultades o sin reproches. Ya lo señaló Winston Churchill, "La democracia es el peor de todos los sistemas políticos, con excepción de todos los sistemas políticos restantes." La sorpresa mundial por las manifestaciones de descontento popular en Egipto, Túnez, Libia, Siria y otros países islámicos es porque justamente la población le perdió el miedo y el respeto a esos sistemas sofocantes y reclama libertad política e ideológica, al mismo tiempo que exige oportunidades en los ámbitos social y económico. El reclamo en sí mismo constituye la novedad. El animarse. El avance hacia una democratización de los sistemas políticos.
En Occidente, estos reclamos no resultan tan novedosos. Incluso, se puede establecer una cierta similitud con los movimientos producidos en mayo de 1968 en Francia y que luego tuviera repercusiones en varios lugares del mundo, como en Argentina mediante los denominados “Cordobazo” y “Rosariazo”.
Las alternativas a toda esta indignación de vertientes tan distintas como de sociedades se trata, son presumiblemente tres. La primera, es que en cada país la dirigencia política sea capaz de comprender los reclamos y articular cambios consistentes en consecuencia. La segunda, es que los movimientos indignados se consoliden institucionalmente y se constituyan a sí mismos como canales de participación y de cambio político. La tercera, es que ninguna de las dos alternativas anteriores prospere o que la respuesta sea represiva, en cuyo caso, la indignación se tornará cada vez más virulenta y termine por cundir la violencia.
La Real Academia Española expresa que indignación es “enojo, ira, enfado vehemente contra una persona o contra sus actos”. Detrás de las decisiones políticas, económicas, financieras y sociales hay personas. A ver si acusan recibo de la indignación popular.

Lic. Prof. Mariano G. Yakimavicius
www.aldeanoglobal.blogspot.com

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