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Viernes, 03 Enero 2014

Una visión prospectiva de 2014

Los vaivenes de la política, las modificaciones en los modos de producción, los cambios en las relaciones de fuerza y las sorprendentes novedades del poder, no se rigen por los tiempos del almanaque, pero a nadie le está vedado evaluar el pulso del mundo al filo del año y, muy en particular, el lugar que le corresponde a la Argentina.

Por lo pronto, lo que parece sostenerse es una tendencia que traslada desde el Atlántico hacia el Pacífico los procesos de acumulación. Como consecuencia de ello, el sistema de poder mundial se ha ido modificando, y si bien algunos observadores adelantan con excesivo entusiasmo la declinación de los Estados Unidos y Europa, no deja de ser cierto que el fiel de la balanza continúa inclinándose hacia el Pacífico y en particular hacia los mercados asiáticos.

No obstante, el antiguo imperio con sede en Washington está muy lejos de haber relegado su liderazgo, como lo demuestra su poderío en tecnología, productividad y recursos humanos, pero está claro que ya no es el mismo y que no puede ejercer las funciones de sheriff global con la potestad de antaño. Los acontecimientos en Medio Oriente y en el Golfo así lo prueban.

La gravitación en la estructura de poder de China, India, Brasil y Rusia es uno de los rasgos decisivos de esta etapa histórica y todo hace suponer que esta tendencia se afirmará en el futuro inmediato. Si el poder de Estados Unidos ha declinado, lo mismo se puede decir de Europa, cuyo producto bruto hoy apenas alcanza al siete por ciento del porcentaje mundial, en tanto que los pronósticos más moderados estiman que hacia 2030 descenderá al cuatro por ciento. A ese cuadro habría que agregar la disminución de la población y las recurrentes crisis políticas y sociales que padece.

Lo que está claro, es que el protagonismo mundial de China se incrementará en el futuro. Si bien la asombrosa tasa de crecimiento de las últimas décadas está disminuyendo, no se debe perder de vista que esa caída del gigante asiático -del once al siete por ciento- se debe fundamentalmente a que antes crecía por las exportaciones y ahora lo hace atendiendo a los ritmos de la demanda interna, lo que supone la incorporación de millones de personas a los beneficios y riesgos del mercado.

El protagonismo de China en el escenario internacional sigue siendo decisivo. Según mediciones confiables, 144 países de los 196 que integran las Naciones Unidas mantienen relaciones con el gigante asiático. El dato adquiere particular vigencia en América Latina, cuyos principales países cuentan a China como un socio distinguido. No se debe perder de vista que en nuestra región el cincuenta por ciento de las exportaciones pertenecen al rubro de materias primas, pero lo interesante para la Argentina es que la principal demanda de China corresponde al rubro de productos alimenticios, esto es soja y sus derivados, pero también maíz y otros granos. Al respecto, no se debe perder de vista que los dos tercios de nuestras exportaciones pertenecen al rubro agroalimentario. Como para tener un panorama de las oportunidades que se nos abren a los argentinos si hacemos bien las cosas, basta con saber que en 2012 China importó alrededor de 55 millones de toneladas de soja y en 2013 esta cifra subió a setenta millones, y todo parece indicar que seguirá creciendo al ritmo de la incorporación de las masas al mercado consumidor.

La eficiente clase dirigente brasileña es la que ha percibido con más nitidez esta tendencia. Entre 2000 y 2010 las exportaciones de Brasil a China crecieron treinta veces y las importaciones más de veinte veces. Algo parecido -pero en una escala mucho menor- está ocurriendo en Ecuador, Bolivia e incluso Venezuela. Lo interesante es que, en cualquier circunstancia, en términos objetivos nuestro país sería proporcionalmente el más beneficiado en esta relación, siempre y cuando, insisto, se hagan las cosas bien y dejemos de transformar a las oportunidades que se nos abren en insólitos perjuicios.

Para que ello ocurra es decisivo que el poder político se reconcilie con lo que constituye el sector más dinámico, eficiente y moderno de nuestra economía, es decir, el campo, al cual los voceros intelectuales del actual gobierno siguen considerando como el enemigo o la encarnación de supuestos intereses corporativos y oligárquicos.

En América Latina la muerte de Hugo Chávez significó, entre otras cosas, la renuncia de hecho de Venezuela a liderar la región. Hoy ese puesto, sin lugar a dudas, lo ocupa Brasil, que incluye entre sus logros recientes la incorporación de cuarenta millones de personas a los beneficios del consumo. Según los entendidos, Brasil es el país que después de China cuenta con el mayor número de empresas trasnacionales. Es verdad que en los últimos tiempos su crecimiento se ha deprimido, pero esto parece deberse más a un factor cíclico que a un síntoma de declinación.

Los Estados Unidos ya no administran su “patio trasero” como antaño, pero no conviene subestimar su influencia. En la actualidad, su aliado político más confiable es Colombia. A la excelente relación de Obama con el presidente Santos se suman los acuerdos de paz con la guerrilla y las estrategias para asegurar el desarrollo, estrategia que algunos observadores han llegado a comparar con la Alianza para el Progreso, aquella propuesta de Kennedy para América Latina a principios de los años sesenta.

En México, el pacto de gobernabilidad entre el oficialismo y los partidos opositores se mantiene, como también se mantiene intacto el flagelo del narcotráfico. En Honduras, el matrimonio Zelaya continúa denunciando como fraudulentos los recientes comicios, mientras que Nicaragua llevó a la Corte Internacional de La Haya su litigio territorial con Colombia.

En lo que se llama América del Sur ya dijimos que Bolivia y Ecuador se han inclinado decididamente hacia China. Paraguay, por su parte, normalizó sus relaciones con el Mercosur, mientras que Uruguay ha dicho a través de sus máximas autoridades políticas que el Mercosur está agotado y el responsable de ello es el gobierno argentino, imputación tal vez algo dura, pero no por ello menos verdadera.

Por último, Chile cumplió con su proceso electoral y Michelle Bachelet será la nueva presidente en los próximos años. El cambio de signo político no afectará los lineamientos económicos, mucho menos la inserción internacional del país andino. En la actualidad Chile es el país de mayor credibilidad para los capitales internacionales en la región, pero, observan los analistas, su productividad está estancada desde hace por lo menos diez años y la brecha social sigue siendo alta, sobre todo para un gobierno que sostiene su identidad socialista.

Está claro que en el mundo que vivimos ninguna nación tiene posibilidades de desarrollo si no dispone de un conocimiento adecuado de las relaciones de poder en el mundo y el lugar que le corresponde en ese campo de relaciones de fuerza. Tal como se presentan los hechos, da la impresión de que algunas tendencias han sido registradas por nuestra diplomacia, sobre todo el hecho obvio de la relación promisoria y privilegiada con China. Pero nunca se debe perder de vista que para que el acierto de un planteo estratégico se vuelva efectivo se debe producir un proceso político interno que transforme determinadas orientaciones en estrategia nacional, objetivo que por el momento está muy lejos de cumplirse.