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Jueves, 21 Marzo 2013

Habemus Papam, che

Jorge Mario Bergoglio, convertido ya en Francisco, es el 266° Papa de la Iglesia Católica. Desde su nombre hasta su procedencia, dan indicios de una impronta -por lo menos- reformadora de una institución que se resiste al cambio, amparándose en que “tiene la eternidad por delante”.
El nuevo Sumo Pontífice de la Iglesia Católica inicia su ministerio bajo un mandato decididamente fundacional, es decir, que es el “primero” en muchas cosas. Es el primer Papa no europeo en más de mil años. Es el primer Papa Americano, aunque a los latinos les guste decir que es el primer Papa “latinoamericano”. Es el primer Papa argentino. Es el primer Papa jesuita. Es el primer Papa moderno que deberá convivir con su antecesor. Es el primer Papa llamado Francisco.
Ese ser “primero” en tantos simbolismos, hace que se piense necesariamente en que será también primero en muchas acciones, en muchos mensajes y en muchos cambios. Ese ser “primero”, hace que se espere mucho más de él. Pero tal vez sea excesivo esperar “mucho” en vez de esperar “algo mejor”. Y decididamente sería excesivo esperar un pontificado “revolucionario” en lugar de uno modestamente “reformista”. 
Más allá de que las expectativas en torno a su pontificado se vean exacerbadas, la tarea que espera a Francisco es ardua y áspera. El líder de la religión con más seguidores en el planeta -alrededor de 1200 millones de creyentes-, asume una tarea ciclópea. Más allá de toda consideración espiritual, una religión es un prisma a través del cual se observa y se interpreta la realidad, es un conjunto de ideas que ayuda a comprender aquellas cosas que, por sus dimensiones y su complejidad, el ser humano en su finitud e imperfección no puede abarcar por completo. Es, en síntesis, una ideología. Una ideología trascendental, es decir, que deposita la explicación final de todo en el más allá, en una entidad superior, en Dios. Pero no por ello, deja de ser una ideología y, como tal, es limitada, es limitante y adecúa muchas veces la realidad a la explicación que de ella se pretende dar. El agravante de la religión como forma de ideología, es que su pretensión moral la sitúa en una posición mucho más incómoda. La pretensión moral de las religiones y de las ideologías seculares, actúan como agravante y no como atenuante ante errores, desvíos e incumplimientos, justamente porque se postulan como modelo ético y moral a seguir. Sólo por eso, la tarea de un líder religioso -en este caso el Papa- es monumental. 
Recuérdese además que, ya fuera bajo el argumento oficial de la falta de fortaleza de un hombre de 85 años visiblemente cansado, o bajo el argumento de su aislamiento por parte de la curia y el asqueo ante la corrupción existente en el Vaticano, Benedicto XVI renunció. Ya no se sintió capaz de mantenerse al frente de la institución política -porque además de ser una comunidad de fieles, la Iglesia fue, es y será una institución política- y produjo un hecho que sólo tiene cuatro antecedentes en más de dos mil años de historia: la abdicación de un Pontífice. 
Ardua y áspera es la tarea que aguarda al nuevo Papa. Podría simplificarse en tres ejes principales, aunque con aristas múltiples e imprevisibles. 
La primera, es enfrentar decididamente y de forma ejemplar la pederastiaenquistada en distintos sectores de la Iglesia. Durante demasiado tiempo, la institución ocultó el tema de los abusos sexuales sobre niños, niñas y adolescentes, protegiendo y escondiendo a los abusadores. Benedicto XVI fue quien facilitó que ese verdadero drama emergiera y viera la luz del sol. La actitud de aquellos que debiendo cumplir la misión de guía, invadieron de manera atroz la intimidad de quienes habían acudido a ellos para ser guiados, no sólo constituye un fraude moral, es también un delito y, como tal, debe ser penado. Quien oculta o ayuda a ocultar al abusador, es un cómplice y también debe responder ante la ley. Para el derecho y para la religión, se ha cometido un crimen contra el cuerpo y contra el alma del abusado, quien se ve así doblemente defraudado. Los escándalos ya son visibles. Falta la sanción ejemplar desde dentro de la propia Iglesia. 
La segunda tarea, es limpiar la corrupción del seno del Vaticano. El escándalo Vatileaks, desnudó ante la mirada estupefacta de la opinión pública mundial las intrigas palaciegas que rodearon a Benedicto XVI. Al parecer, la curia vaticana era extremadamente reactiva a las medidas de transparencia que quiso adoptar el ahora Papa Emérito. Se especuló inclusive con que algunos sectores habrían urdido un intento de asesinato del entonces Sumo Pontífice. Lo cierto, es que Benedicto XVI se retiró a una vida de silencio, pero dispuso antes algunas medidas, destinadas a allanar el camino de su sucesor. Muchas de las intrigas palaciegas que se hicieron públicas mediante el Vatileaks, parecen confluir en una persona, Tarcicio Bertone, secretario de Estado, Cardenal Camarlengo y punto de referencia de Joseph Ratzinger para la administración política y económica del Estado Vaticano. Tardíamente, Benedicto XVI advirtió ese dato. Por eso, antes de abdicar, recortó los poderes de Bertone enviando muy lejos a algunos de sus máximos colaboradores y expulsando de la dirección del Instituto para las Obras de Religión (IOR) -popularmente conocido como “Banco Vaticano”- aMarco Simeon, un hombre de sólo 33 años ligado a la logia masónica Propaganda 4 (P-4) y dueño de una fulgurante carrera gracias al respaldo del cardenal. 
Antes de colocar a su protegido en el IOR, Bertone había urdido la caída de su anterior director, Ettore Gotti Tedeschi, amigo personal de Ratzinger. Es por eso que, antes de su retiro voluntario, Benedicto XVI designó al -hasta ahora moralmente incuestionable- barón alemánErnst Von Freyberg, caballero de la Orden de Malta y constructor de buques de guerra, como nuevo presidente del IOR. 
Como si eso fuera poco, Ratzinger le quitó a Bertone el control que ejercía sobre la RAI Vaticano, el medio de comunicación oficial de la Santa Sede. 
Francisco ha confirmado por el momento a todos los antiguos colaboradores de Benedicto XVI, algo que es habitual en los pontificados que recién comienzan, pero sería importante depositar una especial atención en qué medidas adoptará en torno a la figura de Bertone para comprender cómo va a orientar su papado. Todo haría pensar que los días de Bertone en la cúspide del poder del Vaticano están contados
Un dato significativo y menos conocido, pero que podría acarrear terribles repercusiones, es el de la desaparición deEmanuela Orlandi en 1983, atribuida a un mafioso ya fallecido, Enrico De Pedis. “Renatino”, tal como era conocido popularmente, fue enterrado en basílica de San Apollinare, lugar donde descansan los restos de personas consideradas “santas”. Nada más lejos de un mafioso cuya familia pagó a un cardenal para que fuera enterrado allí y que podría ser el autor del secuestro y desaparición de Orlandi, que oculta una trama que incluye lavado de dinero de la mafia en el Vaticano, secuestros y hasta la posibilidad de que la adolescente hubiera sido utilizada como esclava sexual puertas adentro. La familia de Emanuela Orlandi espera que desde la Santa Sede se revele alguna información esclarecedora. 
La tercera, es la renovación y la adaptación de la Iglesia a los nuevos tiempos. En ese sentido, habrá que esperar el pronunciamiento del nuevo Papa acerca de temas tan sensibles como el rol que debe cumplir la mujer en el seno de la Iglesia, si se le dará o no un mayor protagonismo, tal como ha adquirido en todos los ámbitos de la vida tras una extensa lucha. También será un tema central el de la salud sexual y reproductiva y la aceptación de métodos de protección de las enfermedades de transmisión sexual, como así también de la anticoncepción. Por último, la bioconcepción y la manipulación genética, también ameritarán pronunciamientos del nuevo Obispo de Roma. 
Francisco, el Papa argentino, ha dejado ya de ser el cardenal Bergoglio, el que viajaba en colectivo, el que visitaba las villas miseria, el que se cocinaba, el que vivía en un departamento común. Pero su estilo parece ser el mismo. Hace un culto de la humildad, de la sencillez y de la frugalidad. Hace pensar en que, si es el líder, reclamará lo mismo -predicando con el ejemplo- a todos sus seguidores y, antes que a nadie, a la jerarquía eclesiástica. La pobreza es quizá, el mayor de sus desvelos. 
El Colegio Cardenalicio parece haber advertido que la pérdida de fieles en número y de fieles en cuanto a intensidad de fe, era un lujo que ya no podía permitirse. Eso explica el por qué de la elección de un Pontífice latinoamericano. La región alberga al 42 por ciento de los cristianos católicos de todo el mundo. 
En ese sentido, es importante recordar que el mayor crecimiento de las bases del cristianismo siempre se produjo cuando mantuvo divergencias con los poderes terrenales, cuando la Iglesia confrontó con el Estado, cuando asumió como propios los problemas de los más desfavorecidos y no cuando mimetizó sus intereses con aquellos de los sectores dominantes. Quizás por eso se produjo un cambio tan radical en el perfil del líder católico, dejando atrás a un Papa intelectual, un teólogo formado en las bibliotecas, para reemplazarlo por un Papa con experiencia pastoral, cercano a las personas más sencillas, un Papa “con calle”. 
El Papa es americano, pero con una fisonomía y un apellido muy europeos. Esa es también una muestra de que la Iglesia no propicia los cambios revolucionarios, radicales y violentos. Alienta por el contrario, los cambios reformistas, lentos. Es una institución antigua, grande y compleja que, como tal, se mueve despacio. 
No obstante lo dicho, los argentinos son imprevisibles. Y con orgullo -incluso para quienes no son católicos- por las calles argentinas puede escucharse un picaresco “Habemus Papam, che”.

Info adicional

  • Fuente: Mariano Yakimavicius