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Domingo, 22 Abril 2012

Francia: Todos contra el "hiperpresidente"

Los escasos políticos que manejan mayorías absolutas en Europa tienen en Sarkozy un caso de estudio.  Cuando fue elegido presidente en 2007, con el 53% de los votos, el efecto de arrastre fue tal que su partido (UMP) consiguió también una mayoría aplastante en la Asamblea Nacional. La ha mantenido férreamente entre las manos durante cinco años, pero no le ha bastado para separarse de los Gordon Brown, Yorgos Papandreu, José Luis Rodríguez Zapatero, Silvio Berlusconi y demás mandatarios caídos durante la crisis europea. Hay quien atribuye las dificultades de Sarkozy no tanto al destino trágico de todo mandatario golpeado por la crisis económica, como al efecto de dos fuerzas distintas, la de las izquierdas y la del extremismo de derecha, conductoras de malestares diferentes, pero en todo caso presentes en la sociedad francesa.

De nada han servido al "hiperpresidente" sus llamamientos al voto del miedo o los desprecios por el socialista François Hollande. Tenía el aliento de la crisis económica en el cogote, pero el voto anti-Sarkozy ha respondido a una campaña ideológicamente muy derechista y propia del "primer policía de Francia" que quiso ser durante los viejos tiempos en el ministerio del Interior. A su vez, la estrategia de ganarse al electorado ultraderechista le llevó a enfatizar la política anti-inmigración, sin poder cumplir sus promesas de 2007, "trabajar más para ganar más", y con el paro situado como el problema al que más temen los franceses. Igual que los españoles, con la diferencia de que un 10% de desempleo se vive como un drama en el país vecino, aunque no sea ni la mitad que el español. 

Sarkozy se mantiene vivo en la carrera presidencial, pero ahora se encuentra a merced de los votantes de extrema derecha para darle la vuelta al resultado del 22 de abril. La fuerza del extremismo, que sitúa a Marine Le Pen en tercera posición, muestra la temible penetración de sus ideas en la sociedad y su capacidad para condicionar el resultado del 6 de mayo. Un fenómeno particularmente acusado desde el invierno de 2011, cuando el éxito de las revoluciones en el norte de África duplicó los miedos a una "invasión" de refugiados. Marine Le Pen empezó a subir en los sondeos y Sarkozy lanzó una ofensiva redoblada contra la inmigración, que ha dado fuerza a su contrincante extremista sin mejorar sus propios resultados.     

A Sarkozy ni siquiera le ha valido el argumento de que la izquierda concentrará todos los poderes si gana la elección presidencial. En los días finales de la campaña aprovechó una entrevista con el semanario L´ Express para advertir: "Formo parte de un paisaje político en que la casi totalidad de las regiones son de izquierdas, donde el Senado es de izquierdas, donde la mayoría de los medios de comunicación son de izquierdas. Si la izquierda gana la presidencial, tendrá todos los poderes: mediático, sindical, político… Esto no será sano ni equilibrado para la República".

Precisamente, Hollande había acusado a Sarkozy de haber acumulado un exceso de poder como jefe del Estado, jefe de la mayoría parlamentaria y jefe de un partido. El socialista aseguró que él no tiene esa intención, y Sarkozy aprovechó para subestimarle otra vez: “Cuando se es jefe de Estado hay que asumir responsabilidades, adoptar compromisos y ser capaz de decidir. Es bastante creíble que François Hollande no tenga la intención de ser jefe de la mayoría, jefe del partido y jefe del Estado”. De ahí,  pasó a denunciar el peligro de la concentración del poder (en otras manos).

Ni siquiera la apariencia todopoderosa que rodea la presidencia de la República francesa, ejercida, además, de manera tan personalista -y con fuerte apoyo parlamentario-j pone a Sarkozy a salvo de una economía enferma y de los miedos a la crisis. Todas las fuerzas que se han concitado contra Sarkozy han sido lo suficientemente potentes como para que éste no haya podido sacar partido de la gran mayoría que tenía y de su particular personalidad, sin darse cuenta de que tiempos extraordinarios requieren de compromisos y de consensos tan amplios como sean posibles. Y no le ha funcionado pese a haber ejercido el poder político sin limitaciones. Ahora aborda, en posición débil, la construcción de una "coalición" de apoyos entre la extrema derecha, la derecha y el centro, sin la cual no podrá continuar como presidente de la República.

¿Qué hará Marine Le Pen? Su padre esboza una sonrisa sarcástica al ser preguntado por la segunda vuelta: "Hay que reflexionar", contesta. Ante los jefes ultraderechistas se abren varios caminos. El que más puede tentarles es acelerar la destrucción de la derecha clásica, a la espera de recoger los restos del naufragio. Prácticamente uno de cada cinco votantes depositó la papeleta ultraderechista en las urnas el 22 de abril -impresionante su penetración en el norte de Francia-, de modo que, en efecto, la derrota de Sarkozy ha sido más profunda de lo que aparentan las simples cifras.