Viernes 10 de Septiembre de 2010 . 03 : 40 PM
Opinión
 
07-03-2010
Impuestazos, gritos y política
El país volvió a vivir otra semana de locos. A puro grito destemplado, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner hizo uso y abuso de la cadena nacional. Si, como dice una máxima, hay que tener enemigos que estén a la altura del conflicto, la jefa del Estado no se anduvo con chiquitas: jueces, medios poderosos (además de la ya conocida retahíla de opositores) figuraron en su catálogo de "destituyentes". Y todo porque el gobierno

progresista quiere pagarle la deuda a los bancos. Sea como fuere. Si no se tratara de algo tan grave, llamaría a la risa.

Otros tiempos (y no precisamente buenos) pasan por Santa Fe. La semana promediará sin clases en las escuelas, sin empleados estatales concurriendo a trabajar. Con cortinados bajos. Antonio Bonfatti lo dijo: no hay un peso en las arcas oficiales. El Frente Progresista empieza a observar que los diputados autodenominados "progresistas" que le dieron barniz pero no muchos votos abandonan el barco. Marcelo Brignoni fue la punta de lanza, otros se preparan para el salto.

El gobernador Hermes Binner ha dejado de ser un amigo de la Casa Rosada. Cristina le apuntó a él y a Rubén Giustiniani en el feroz discurso transmitido en cadena nacional. Para la presidenta, aquellos que sirvieron para darle charmé a proyectos faraónicos como el Tren Bala, el Gasoducto del Sur, y tantos otros, hoy son parte del rejuntado. Yo contra el Resto del Mundo. Esa es la fórmula egocéntrica que plantea la mandataria. Rara, como encendida.

Cheques, cheques. Binner reza por el impuesto al cheque. Si cambian los ejes, 700 millones de pesos llegarán a Santa Fe. El principal impulsor de que se termine con esa especie de maná del cielo que llega al Ejecutivo nacional es el senador Carlos Reutemann. Paradojas de la vida.

Así de loca está la realidad. Cada postal parece invertida. El grito que baja desde Balcarce 50 ya no es la vida por Perón, el antinoventismo o lo que se craneaba hace algunos años. No. Es la vida por pagar la deuda. Aunque se desobedezcan fallos judiciales, se envíen al cadalso funcionarios o se rompan las alianzas con la centroizquierda hasta ahora funcional a los telefonazos desde Olivos.

La mayoría de la sociedad no sabe de qué se trata el DNU pero sí percibe que otra vez el país ingresa en zona roja. Observa con temor a Cristina peleándose hasta con su propia sombra, perdiendo la inteligencia que parecía hacerla diferente, descendiendo al barro, enroscándose con su propia lengua. Hasta perdiendo los códigos metiéndose en camas ajenas. Alejándose de la realidad, que ya huele a podrido.

Los gobiernos pasan, Clarín queda. Y si no que lo diga Ricardo Laferriere, un legislador de Raúl Alfonsín que a principios de los 80 pretendió darle fuerza de ley al derecho a réplica. La corporación mediática lo barrió. Sus correligionarios se llamaron a silencio. “Podemos ganar unas batallas, pero la guerra siempre la gana Clarín”, se le escuchó decir por estas horas a un diputado nacional kirchnerista.

Los Kirchner pasan, los jueces quedan. Pueden dar fe Carlos Menem, Fernando de la Rúa y la veintena de ex funcionarios que, a la hora del despoder, trajinaron las escalinatas de los tribunales. Como empieza a suceder ahora con Ricardo Jaime. Como sucederá con Kirchner & Kirchner a la hora del retiro.

Cristina se inmola vaya uno a saber por qué. Un proyecto de ley sobre el uso de las reservas hubiera evitado esta semana suicida. En 24 horas fulminó el futuro y el presente de la torpe Mercedes Marcó del Pont. A propósito, ¿de qué se ríe la presidenta por pocas horas del Banco Central?

“Se quieren ir denunciando un golpe político-mediático. Saben que ya no les queda nada. Pero ojo, no son como De la Rúa. Le van a tirar el helicóptero encima a varios”. Lo dice un senador nacional con información valiosa, para quien Cristina es una muñeca rusa prestidigitada por Néstor Kirchner, sabedor de que el ciclo político K se termina inexorablemente, pero que tiene aún capacidad de daño.

Néstor quiere gastar los últimos cartuchos haciendo impacto en el Grupo Clarín, a quien en épocas de romance le dio todo. Utilizará a su cada vez más pequeño círculo de adláteres como kamikaze. Cree (desconfiado y paranoico) que, al fin, todos lo traicionarán, salvo los “diez o veinte” que llegaron con él desde el sur.

Debe decirse que alguna razón tiene. El enjambre mediático que sacaba pecho cada vez que Alberto Fernández usaba su despacho para que Néstor estrechara la diestra de periodistas K hoy quedó raleado. Y hasta sacan libros express y oportunistas) preguntándose “qué les pasó”.

En Santa Fe, Binner sabe que las páginas del calendario pasan. Y que, como en el desembarco nacional de la nave K, en su bote también comenzó la fuga. Su destino político, pero más el de su partido, está atado al final de gestión. Todos los canales parecen cerrados.

El color del dinero. El Senado provincial sigue siendo un territorio peronista infranqueable. Reutemann le clausuró la puerta con aquel “nos veremos en el cementerio”. Ahora todo es política. Todo se tiñe de electoralismo con el 2011 ahí nomás, a la vuelta de la esquina. Y, otra vez, con la frase de Bonfatti repiqueteando y mostrando la cuadratura del círculo: “El problema es que no tenemos dinero”. Se nota.

Miguel Lifschitz también encara sus 22 meses de gestión que le quedan atado a una caja que se vació. Su anuncio sobre un futuro aumento de la tasa municipal volvió a sacudir de bronca a los rosarinos.

También al propio Lifschitz, claro. Ni él ni Binner esperaban esta realidad. El problema es que no tienen dinero. Como dijo Bonfatti. Pero el intendente rosarino tiene una a favor: la oposición peronista es aquí un galimatías. Duerme la siesta eterna.

Sí se han despertado los radicales de la provincia. Arman sus propios equipos, repasan departamento por departamento toda la bota santafesina. A la hora de la negociación con sus pares socialistas pasarán la factura. Los “progresistas” del Frente Progresista ya no estarán. Habrán bajado en otro puerto.

Poco les importa a los santafesinos que no siguen el derrotero de la política y que saltan estupefactos al levantar los impuestos que asoman por debajo de sus puertas. Con el tremendo impacto inflacionario que corroe los bolsillos, también se aferran a la máxima de Bonfatti. El problema es que ni tienen dinero.

Siete palabras que empiezan a estragar al gobierno nacional. Que jamás pondrá la otra mejilla. El país se acerca, otra vez, a un final de ciclo con nubazones de crisis. Ojala fuera cierto aquel oxímoron de Eduardo Duhalde, pero no. Argentina no parece condenada al éxito. Al menos con gobiernos de mirada tan corta y extraviada.

Y Cristina sigue impostando la voz, poniendo en fila a todos sus enemigos y saturando a la mayoría. Los jueces y las corporaciones saben que lo que les sobra es tiempo. El ciudadano común empieza a sentir que lo que le falta es dinero en los bolsillos.

Una historia bien argentina que debería tener un final que no sea el de siempre.
 
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