El sismo que sumió a Chile en la mayor catástrofe de su historia no estaba en los planes de nadie. Sin embargo, sus consecuencias están en el primer lugar de la agenda política de todos.
El 27 de febrero de 2010 quedará en la memoria colectiva de los chilenos. El terremoto se llevó vidas, historias, casas, objetos de valor económico y de valor sentimental. Pero por sobre todas las cosas, se llevó buena parte de la felicidad y la tranquilidad de quienes habitan el país transandino.
El epicentro del sismo se ubicó en la costa frente a las localidades de Curanipe y Cobquecura, esta última a 150 kilómetros aproximadamente al noroeste de Concepción y a 63 kilómetros al suroeste de Cauquenes y a 47,4 kilómetros de profundidad bajo la corteza terrestre. Las zonas más afectadas fueron las regiones de Valparaíso, la Metropolitana de Santiago, O'Higgins, Maule, Biobío y La Araucanía, que acumulan más de 13 millones de habitantes, cerca del 80 por ciento de la población del país. Ciudades como Constitución, Concepción, Cobquecura y el puerto de Talcahuano, fueron literalmente arrasados.
Chile es un país particular por donde se lo mire. Su geografía caprichosa obliga a pensar en aquello de encontrarse atrapado “entre la espada y la pared”. País angosto y largo como no existe otro, se encuentra literalmente “atrapado” entre la cordillera de los Andes y el océano Pacífico. Está apoyado sobre la unión de las placas tectónicas Sudamericana y de Nazca, hecho que lo sitúa en el peligro constante de eventuales movimientos telúricos.
No obstante el desarrollo de infraestructura antisísmica, la violencia del terremoto del 27 de febrero y sus consecuencias marítimas, ocasionaron un nivel de destrucción para el cual es improbable estar preparado. Chile padeció numerosos sismos en su historia, pero ninguno como éste, de 8,8 grados en la escala de Richter, que ocasionó al menos 800 muertes, numerosas desapariciones, dejó a 2 millones de damnificados y a todos los chilenos sumidos en el miedo y el desconcierto.
Michelle Bachelet jamás imaginó que el final de su mandato estaría signado por tamaña desgracia. Sebastián Piñera tampoco imaginó que su inminente presidencia estaría condicionada por los efectos de la naturaleza. Lo cierto es que el sismo ha pasado a determinar las agendas políticas del gobierno saliente y del entrante.
La historia se encargará de reivindicar la gestión de Michelle Bachelet a pesar de las críticas que pueda recibir ahora. Porque aún cuando la capacidad de respuesta del gobierno sea cuestionada y hayan existido desentendimientos entre el poder civil y el militar, la desmesura del terremoto no habría podido ser humanamente mejor manejada. Es prácticamente imposible estar preparado para tamaño conflicto. Debe destacarse que la fecha fue de alguna manera propicia. Encontró a un gobierno en su ocaso, pero con pleno dominio de las estructuras del Estado, hecho que permitió actuar velozmente y con conocimiento de los recursos, infraestructura y logística disponibles. De haber sucedido durante los primeros días de un nuevo gobierno, aun por establecerse, por acomodarse, la capacidad de reacción podría haber sido menor y las consecuencias peores. Michelle Bachelet ha hecho una presidencia digna y la historia va a reivindicarla por ello, a pesar del sismo.
Sebastián Piñera ganó unas elecciones reñidas en enero y tenía un programa de gobierno al que va a poder dedicarle muy poca de la atención que pensaba. La agenda política de su gobierno estará regida por la recuperación de una sociedad golpeada y por la recuperación económica e infraestructural del país. En otras palabras, Piñera se preparó durante buena parte de su vida para ser presidente de Chile y llevar a cabo un plan que ahora debe dejar a un costado.
Chile se encaminó a demostrar con el último proceso electoral que atravesó, que maduró políticamente, siendo capaz de contruir un bipartidismo posible, con una derecha moderna y ajena al autoritarismo pinochetista.
Demostró que sus Fuerzas Armadas, que mantienen mucho del poder acumulado durante los 17 años de dictadura de Augusto Pinochet, son el instrumento del Estado con mayor capacidad de despliegue y logística para actuar ante el imprevisto de manera veloz y obedeciendo al poder civil. Posiblemente, esta crisis natural sirva para establecer un nuevo vínculo entre la sociedad y las Fuerzas Armadas.
Justamente, el hecho de contar con estructuras estatales plenamente desarrolladas y de militares con capacidad operativa harán que Chile pueda superar por sí mismo este momento crítico, a diferencia de lo sucedido en Haití. En el país del Caribe, la ausencia casi absoluta de un Estado, de organizaciones intermedias y de infraestructura adecuada, hicieron necesaria la intervención extranjera para poder superar la tragedia. Mal que le pese a muchos, la intervención militar de los Estados Unidos -o de cualquiér otra potencia en condiciones de hacerlo- fue necesaria. Puede discutirse si se justifica o no la permanencia de los estadounidenses en Haití. Lo que poco puede cuestionarse, es que sin intervención extranjera, los haitianos estarían desollando las yemas de sus dedos en busca de cadáveres.
A los latinoamericanos les corresponde ayudar a su vecino. Lejos de la demagogia de considerar a todos los pueblos de América como “hermanos”, es tiempo de desarrollar vínculos maduros de buena vecindad. Nadie que se considere sano puede disfrutar de las desgracia del vecino.
Indudablemente, los chilenos serán capaces de salir adelante como lo han hecho en múltiples oportunidades, superando crisis naturales, económicas, políticas y sociales. Sólo deben mantener la confianza en sí mismos y esa será una función primordial del gobierno de Sebastián Piñera, que asumirá el 11 de marzo.
Sin caer en el delicado terreno de las predicciones, puede aventurarse que la rteconstrucción requerirá entre dos y cuatro años, es decir, entre la mitad y la totalidad del mandato del nuevo presidente. Si Piñera es capaz de dominar esta difícil coyuntura local, se transformará indudablemente en un presidente exitoso.
Los movimientos de la Tierra han repercutido ocasionando también movimientos políticos. Sin embargo, crisis y oportunidad pueden ser interpretados como las dos caras de una misma moneda y depende de los chilenos transformar con su tezón esta desgracia en una fuente de nuevas oportunidades. A la política le corresponderá conducir ese proceso y demostrar que está al servicio del ser humano como medio transformador de la realidad.
Lic. Prof. Mariano G. Yakimavicius
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