“Yo los escucho a todos y no le creo a ninguno”. Juan Domingo Perón
El país no anda bien pero podría andar peor. No desesperarse. Los Kirchner se encargarán de recorrer la distancia entre un punto y el otro. No es una profecía, es un enunciado lógico. Lo demás es cuestión de tiempo y paciencia. También de estómago. Los Kirchner nos precipitan a una catástrofe. Puede que la catástrofe los alcance a ellos. No lo sé. De lo que estoy seguro es que nos va alcanzar a los argentinos. Después de los Kirchner el país será más pobre, más imprevisible y más injusto.
La pobreza, por supuesto, no los alcanzará a ellos. Llegaron al poder millonarios y se van a ir multimillonarios. Desde los tiempos de Hipólito Yrigoyen a la fecha son los mandatarios que más fortuna han acumulado en el poder. En la lista caben civiles y militares. Es probable que Marcelo T. de Alvear haya tenido más plata que ellos al momento de asumir el poder. Pero en este caso, la diferencia con los Kirchner es evidente: Alvear llegó millonario a la presidencia y se retiró, no pobre pero sí con su fortuna disminuida. Con los Kirchner ocurrió a la inversa. Eso se llama aprovechar las oportunidades que brinda la vida.
Los Kirchner ocupan la función pública desde hace veinte años. En ese tiempo, han multiplicado su fortuna en escala geométrica. Sus defensores sostienen que llegaron al poder con plata. Es verdad. Aunque para ser justos habría que decir que llegaron al poder, no comprando propiedades sino quedándose con propiedades, con casas de la pobre gente que no podía cumplir con las disposiciones de una ley de la dictadura.
La plata la hicieron en el llano, pero la multiplicaron en el poder. La avidez por el dinero la intentan justificar en nombre de la política. Acumulan plata para militar, dice la señora Diana Conti muy suelta de cuerpo y, además pretende que le creamos. Por el contrario , yo sostengo una hipótesis más pedestre y ruin: Néstor es un digno nieto de su abuelo. Los consejos para hacerse millonario no los aprendió de Felipe Vallese o Julio Troxler, si es que los conoce, sino del nono usurero.
“No es pecado ser rico”, dice la señora Conti después de decir que es de izquierda. “Después de todo, Berlusconi y Piñera son más ricos”, agrega el epígono de turno. Una diferencia sin embargo hay que registrar. Ni a Berlusconi ni a Piñera se les ocurre decir que son de izquierda. Los dos son de derecha y saben muy bien lo que hacen. Piñera puso en venta sus acciones de LAN para poner distancia entre la presidencia y los negocios. A los Kirchner, ese acto les parecerá una estupidez o una hipocresía. Con respecto a Berlusconi habría que decir que en estos temas cada uno elige las compañías que más le gustan. Si los kirchneristas ahora quieren compararse con el político que lleva en su haber noventa y tres juicios por corrupción, allá ellos.
Se dice que los Kirchner han robado más que los Menem. No me consta. Por ahora, me alcanza con saber que los dos han sido corruptos. La “Comadreja de Anillaco” no es mejor que el “Pingüino Glotón”. Tampoco es peor. Digamos que en lo fundamental se parecen. El poder los hizo amigos, el poder los separó y el poder puede unirlos en el futuro.
La otra coincidencia entre los dos es su condición de peronistas. No son infiltrados ni traidores. Son lo que son y mientras las cosas les fueron bien contaron con el apoyo incondicional de todo el peronismo. Uno disfrutó del apoyo de la derecha; el otro, del de la izquierda, o de Carta Abierta y las Madres de Plaza de Mayo, para ser más precisos. Así se presentaron en el escenario de la historia y así les gusta que los reconozcan. Yo no les creo. O por lo menos no les creo tanto. Ni Menem fue liberal ni Kirchner es de izquierda. El liberalismo y la izquierda son categorías mucho más serias y trascendentes que la farsa que unos y otros montaron para ejercer el poder y enriquecerse.
Hay otras coincidencias entre Menem y Kirchner. Los dos intentaron pulverizar los mitos fundacionales del peronismo histórico. Menem con sus cantos de amor a la economía social de mercado y sus abrazos con Alsogaray y Rojas; Kirchner con sus escandalosos negociados. Curiosamente, en sus transgresiones, amoralidades y corruptelas, ambos expresaron y expresan al peronismo real. Eso sí, entre el maestro y los alumnos hay notables diferencias. Siempre las hay entre maestros y alumnos porque las diferencias entre el original y las fotocopias son inevitables.
Perón los supera a los dos por varios cuerpos. Era más talentoso, más inteligente y, si se quiere más rápido. A su manera, era dueño de una grandeza y un señorío que a estos caballeros les falta. Detalles más, detalles menos, sobre sus discípulos mantuvo siempre una diferencia fundamental: fue capaz de hacerse querer por sus seguidores y ganarse el respeto de sus adversarios. Ninguna de estas virtudes adornan a los Menem y a los Kirchner. Ni se los quiere ni se los respeta. Tampoco se los va a recordar.
Perón jamás hubiera aceptado que un empresario le regale una Ferrari, y mucho menos se le hubiera ocurrido comprar dos millones de dólares. No era un moralista, por el contrario era un realista descarnado y en más de un caso un amoral, pero tenía un instinto político infalible y una conciencia clara de su lugar en la historia como para rifar todo por un auto cero kilómetro o una cuenta bancaria.
Perón sabía muy bien que no se puede gobernar en las sociedades de masas sin un fuerte ascendiente moral. En las sociedades despóticas, el pueblo teme a sus gobernantes y por eso obedece; en las sociedades democráticas, los respeta o los quiere. Nada de esto ocurre con los Menem y los Kirchner. Ni respeto ni cariño. A lo sumo, interés y miedo. Tampoco demasiado.
Ganarse el corazón del pueblo no es imposible, pero hay que aceptar algunas exigencias. A esas exigencias Perón se sometía. Los Kirchner y los Menem quieren del poder todos los beneficios y ninguno de sus límites. No hay grandeza sin capacidad de renunciamiento. Esa lección Perón la sabía y la practicaba. No siempre, pero la practicaba. Los Menem y los Kirchner la ignoran. O no les interesa conocerla.
No me consta que Perón haya estado cómodo con los límites impuestos por las instituciones, pero me consta que era capaz de ponerse límites a sí mismo. Y cuando esto no ocurrió perdió el poder y tuvo el coraje moral de admitir años después que se había equivocado, aunque para su consuelo le quedaba la satisfacción de saber que los que vinieron después de él habían gobernado peor. Por lo menos esto es lo que les repetía con frecuencia a sus habituales plateas de Puerta de Hierro, mientras Isabelita le servía el té y López Rega sonreía obsequioso.
Perón era capaz de estar a la altura de sus propios mitos. Siempre fue muy cuidadoso de su leyenda. Con los Menem y los Kirchner no ocurre lo mismo. Las diferencias se explican. Perón se había educado leyendo a Plutarco, el conde de Chesterfield y el Martín Fierro. De las lecturas de Menem y Kirchner no sabemos nada porque probablemente no haya nada que saber.
Arturo Jauretche, en uno de sus célebres escritos, denuncia al establishment liberal y oligárquico por el control del Estado y de la información. El recurso del funcionario que informa a su amigo para que compre o venda libras esterlinas o dólares era un clásico practicado por cierta fracción del patriciado liberal. La compra de dos millones de dólares por parte de Kirchner recuerda aquella tradición a la que, según Jauretche, el peronismo le había puesto fin.
La década del treinta fue conocida como “década infame” gracias al talento de un periodista conservador amanuense de Manuel Fresco. Cuando en 1940, una comisión investigadora de la Cámara de Senadores presidida por Alfredo Palacios inicia la investigación por el negociado de las tierras de El Palomar, el periodista amigo de Fresco no sólo contribuye con sus escritos a denunciar el formidable negociado, sino que pone en la picota a todo el régimen liberal.
Pues bien, el negociado de las tierras de El Palomar fue muy parecido, demasiado parecido, al que perpetraron los Kirchner con las tierras de Santa Cruz. Montar una tramoya para comprar a un precio vil y vender a otro mucho más alto fue lo que hicieron los caballeros de El Palomar. Lo que hicieron los Kirchner fue más o menos lo mismo. Una diferencia, sin embargo, es necesario registrar. Como consecuencia de aquellas investigaciones un presidente de la Nación presentó la renuncia, un ministro dejó el cargo y un legislador se suicidó. Ninguno de estos riesgos, incluido el del suicidio, preocupa a los Menem y los Kirchner.